El año de escribir absolutamente nada

Hará como un par de semanas recibí un correo de WordPress en el que se me informaba sin vaselina de que he pagado 96 pavos por mantener abierto este blog un año más, casi exactamente el mismo tiempo que llevaba sin escribir aquí. Me quedé bastante ojiplático, no por la factura en sí, sino por lo mucho que me había olvidado de que existía esta página. Nunca concebí MHQLH como un proyecto a largo plazo, sino más bien como un repositorio de artículos antiguos que escribí en Las Horas Perdidas, salpicados de enlaces y temas extracinematográficos, y como un amortiguador de la breve agonía y parón en seco que fue el cierre de la web. Una tercera parte de almacén de reserva semiprescindible– dado que los artículos originales siguen en la web –, una tercera parte de experimento, una tercera parte de metadona. En retrospectiva, creo que cumplió bastante bien todos estos propósitos. Así que despedida y cierre. Hasta que 96 pavos, doce meses de prórroga. Suficiente dinero como para sacarle un poco más de partido. Eso o darme cabezazos contra la pared, por horrible gestor de mi patrimonio personal, por llamarlo de alguna forma.

Así pues, qué hay aquí. Algo de mí, algo de películas, algo de televisión, algo de música, algo de cómics, algo de juegos algo de libros. No tengo Twitter activo ni red social alguna, ni tampoco mucho interés en promocionar este post, por muy antiintuitivo que pudiera parecer. Lo hago simplemente por una mera cuestión de rendimiento — y un poquito por la curiosidad de saber qué impacto tiene realmente WordPress como plataforma de difusión, dada como es a post largos (como va a ser este, voy a avisando) y alejada de la inmediatez predominante.

Yo estoy bien. Trabajo, salud, amigos, familia: todo check. Canto en los dientes. No creo en el karma, pero si 2022 termina con una lluvia de pianos sobre mi cabeza cambiaré de opinión. Yo estoy bien y espero que vosotros lo estéis, y simplemente terminar esta introducción diciendo que si en un momento dado experimentáis brotes agudos de urticaria, mareos, gases, diarreas o sensación de congestión y ahogo esporádicos de manera simultánea quizás está relacionado con la presencia de este pequeño cabrón y convendría un chute nuclear de antibióticos inmediatamente porque no, esto no ha sido «una indigestión del jamón york éste que me comí raro y se pasa en dos días». Creedme.

PELÍCULAS

Una por encima de todas y su nombre es una auténtica bocanada de aire. Se llama Preparativos para pasar juntos un periodo desconocido de tiempo, de Lili Horvát. La trama: neurocirujana húngara conoce a colega durante un simposio en el extranjero. Surge una conexión lo suficientemente importante como para quedar para volver a verse de retorno a su país. Cuando vuelven a verse las caras, él no la recuerda. Ella, absoluto genio en lo suyo, introspectiva, vulnerable, hermética, decide dar un salto de fe y realizar una nueva aproximación para comprender, por lo menos, los motivos de esta amnesia — y a su edad, terminar de comprender cómo funciona esta cosa de las «relaciones humanas» — . Y es, como el desempeño de su trabajo, tan mesurado y elegante su acercamiento que un romance que parecía muerto amaga con renacer, principio para él, segundo acto para ella, y lo que parecía un misterio distante al principio se convierte en un ejercicio de detalles apasionante hasta el punto de que verles juntos por cada lado de una acera, en silencio y dedicándose media sonrisa de soslayo quita. El. Puñetero. Aliento. Es una de estas películas rara avis que son profundamente líricas sin necesidad de vociferarlo. Le sale natural. No se me ocurre mejor elogio. Calibre Breve Encuentro o Antes del Atardecer. Juro que no estoy de coña.

Más películas:

Algunas a bote pronto, otras fruto de refrescar la memoria, y con enlaces a su página de IMDb. The Humans, de Stephen Karam, y The Innocents son las dos primeras que me vienen a la cabeza. La primera se presenta como «drama familiar-crepuscular-elevado con posibilidades de Oscar» o como se diga ahora pero entre líneas es una película de terror bastante angustiosa que enfrenta a un apesadumbrado padre de familia, Richard Jenkins, contra un cochambroso dúplex del Lower East Side neoyorquino plagado de misteriosos ruiditos, paredes descorchadas, luces moribundas, goteras, puertas atascadas y vecinos desenfocados. La película llama la atención sobre estos incómodos detalles con una insistencia cada vez mayor hasta culminar en 15 minutos finales más tensos que una visita al dentista. Me da reparo enlazar el tráiler porque es espantoso. The Innocents, por otro lado, es una mezcla de Déjame Entrar meets Los Nuevos Mutantes de la mano de Eskel Vogt, el guionista de Thelma. Como la anterior, usa los poderes de sus jóvenes protagonistas como expresión de los traumas propios de esos años, pero si Thelma se amparaba en un romance, The Innocents abraza más el misterio, el suspense y el terror hasta culminar en una batalla del Bien contra el Mal que nunca debería haber tenido lugar, por desgracia para el supuesto supervillano de la historia, por dos motivos sobre los que os aviso aquí y ahora: escenas de maltrato infantil y crueldad animal. Id con cuidado.

Al hilo de películas monumentales, me puse recientemente al día con El Viajante, de Asghar Farhadi. No vale la pena redundar mucho en las capacidades de alguien del que me parece que lleva opositando desde hace más de una década a mejor director vivo del planeta. Me pregunto si el tío — como los Dardenne — se da cuenta de lo condenadamente difícil que es hacer lo que hace. Sirva lo mismo para Benedetta, de Verhoeven, que necesitaría de un post entero al margen. Si comento que no es ni rematadamente la exhibición de soft porno que esperaba como agua de mayo temía no va a iluminaros gran cosa. Si digo que me pareció una mezcla entre El Ala Oeste de la Casa Blanca y La Casa de Bernarda Alba solo os va a liar más. Simplemente: es una película que no deja de lanzar ideas extremadamente articuladas sobre mujeres, política, Dios, religión y los diferentes aspectos del deseo (desde el fervor hasta la lujuria, pasando por la ambición) que distorsionan todo lo anteriormente mencionado. Porque al final, todos somos humanos y Sus caminos son inescrotables. Inescrutables.

Ah. Barbarroja puede haberse convertido en mi película favorita de Kurosawa. Ahí ahí con El Infierno del Odio.

Más que me saltan en el radar de ayer y hoy, algunas nuevas, otras no: The Novice, de Lauren Hadaway, una suerte de Black Swan ambientada en el mundo del remo femenino con Isabelle Fuhrman; la scifi malrrollera de Undergods, de Chino Moya– y, por insistir con el terror: Anything for Jackson, A Dark Song, Malignant, Blood Quantum y No One Gets Out Alive –, siguiendo con el enésimo ejemplo de que a los australianos no les sale un thriller malo ni intentándolo que es The Dry, con Eric Bana; Synchronic o The Card Counter, de Paul Schrader (cuya banda sonora prácticamente he agotado en Spotify).

Meto también el gótico americano noventero con vampiros The Reflecting Skin, de Philip Ridley; el fantástico western que es Let Him Go, por el que Diane Lane recogió el segundo Oscar Simbólico a la Mejor Actriz de su carrera; Alphabet City (el GTA Vice City hecho película); El Padre (mi favorita de los Oscar del año pasado), Old Henry, The Nest, Spontaneous, The White Tiger, el combo El Último Duelo / La Casa Gucci, Night of the Kings, Mass (Jason Isaacs es un pedazo de actor y la película es un ejemplo de cine cristiano sin ánimo proselitista), Angel’s Egg, Ley 627

…(También está Symbol, de Hitoshi Matsumoto. Si alguien avezado en cine japonés lee esto, seguro que está sonriendo ahora mismo)

…Y por ir terminando y ya completamente cazándolas al vuelo: La carta que no se envió (una de las más grandes pelis de aventuras E-V-E-R), El Sirviente, La trilogía de El Anillo de los Nibelungos de Fritz Lang, la trilogía de Lindsay Anderson / Malcolm McDowell que conforman …If, O Lucky Man y Britannia Hospital; la también trilogía de La Condición Humana de Masaki Kobayashi, la adaptación de Ace Attorney dirigida por Takashi Miike, El Almuerzo Desnudo o el fantástico, FANTÁSTICO combo de cine negro noventero que conforman Phoenix y Ajuste de Cuentas (que han perdido cero desde que las vi por vez primera). También volví a Buñuel. Algunos Greatest Hits. Nazarín. Viridiana. Ese Oscuro Objeto de Deseo. Y, por encima de todas ellas y en mi modesta opinión, El Ángel Exterminador y El Discreto Encanto de la Burguesía.

Menciones especiales: dos. Una para Mary Elizabeth Winstead en Kate, tan por encima de la película que ni siquiera es gracioso. Esta mujer es pura dinamita y cómo demonios no estamos hablando de una superestrella en 2022 es algo que se me escapa a las entendederas. La segunda es para una de mis sorpresas del año: The King’s Man, mi preferida de la trilogía por una distancia considerable. Hay algo que me asombra de Matthew Vaughn: le veo más cómodo cuanto más contenido maneja y esta película, un recorrido entero por la I Guerra Mundial, va sobrada en este aspecto. Simplemente no para. Siempre está contando cosas. Siempre está progresando hacia algo, con pies ligeros pero sin abrumar. Sabe cuándo meter el montaje, sabe cómo limitar al mínimo la exposición y sabe cuándo dejar que los giros de guion (y hay algunos que parten cuellos) se asienten lo suficiente en el recuerdo. Es un puntito más ligera que sus precedesoras y el humor le sale un poco más natural — y para mí, que he sufrido a veces con el modo cómico de Vaughn y siempre he preferido la versión amable y piadosa de Mark Millar, me resulta muchísimo más digerible –. Es verdad que parece un abuso de ordenador en algunas ocasiones pero aquí sí que no hay tutía: hablamos de una película que abarca una barbaridad y un enfoque más práctico se habría traducido en un presupuesto del tamaño del PIB de Italia. Y sobre todo me llena de orgullo y felicidad el hecho de que Ralph Fiennes sea el protagonista indiscutible de la película en un papel puramente aventurero que le llega 15 años tarde, mínimo.

En definitiva, me parece lo mejor que ha hecho Vaughn desde X-Men: First Class. Y no he visto peleas mejores — cortesía del tristemente fallecido Brad Allen, antiguo integante del equipo de especialistas de Jackie Chan — esta temporada.

PD: Mis rituales anuales Jungla de Cristal, Señor de los Anillos, Master and Commander, Indiana Jones, Depredador, Arma Letal, etc… siguen vivos y bien. La hasta ahora última incorporación, Matt Damon es: El Marciano (todavía mi película de ciencia-ficción favorita de los últimos 15 años), recibe con los brazos abiertos a la nueva recién nacida de este club: Spider-Man: Into the Spider-Verse. Tengo el libro de arte de la peli, he visto making hasta que se me han caído los ojos, me he leído hasta el último artículo y de verdad: sigo sin saber cómo demonios está hecha esta maldita película. Magia vudú o algo.


TV

Recuperar la monumental Generation Kill ha sido la mejor idea televisiva que se me ha ocurrido en todos estos meses por mil y un motivos. Por destacar uno: recordar lo mucho que me gustan las miniseries, un formato amplio pero limitado, que disfruto con la sensación de que estoy viendo una gran historia que va a tener fin. Muchas de las series que voy a poner aquí pertenecen a este modelo y se me ocurren muy poquitas excepciones, como Succession, Euphoria o Raised by Wolves, sobre las que planea la amenaza bien del agotamiento — en el caso de las dos primeras, algo que va a acabar perjudicándolas tarde o temprano –, o de la cancelación inmediata por cabraloca / realmente no las ve ni Perri, caso de la última. Me fastidia un poco la experiencia. No se me ocurre mejor ejemplo que El Exorcista, la adaptación televisiva de la Fox, ahora desaparecida de la parrilla, y en particular su casi fantástica segunda temporada, donde la tensión de su historia principal*, un exorcismo en un albergue juvenil asolado por demonio convertido en asesino en serie, se ve constantemente boicoteada por las repentinas incursiones de su Gran Trama a Largo Plazo; completamente disociada de la narración hasta que acaba insertada en el último episodio con un calzador bajo la promesa de un millón de nuevas pregunCANCELADA.

*No me cansaré de repetir, hasta el día que me vaya a la tumba, lo condenadamente buena que es Alicia Witt.

Un caso particular es How to with John Wilson, que por su propia naturaleza no necesita tener un final y ahora mismo espero que no llegue nunca. Habréis leído algo ya sobre ella a estas alturas: estudios sobre lo mundano que, en un momento dado, encuentran un aspecto particularmente absurdo del que se dedican a tirar y tirar y tirar hasta meterte en un agujero negro de horror del que te saca antes de que des cuenta del meneo que te ha dado. Divertidísima en su concepto, divertidísima en su estilo, lleno a rebosar de imágenes puntuales de Nueva York que se transforman en descacharrantes metáforas de las ideas que te cuenta su protagonista, quien parece estar siempre en el momento perfecto, en el lugar idóneo.

Por supuesto que le han metido la música de Twin Peaks. Por supuesto.

También he estado bastante entregado a Corea del Sur, comenzando por El Juego del Calamar, evidentemente; una idea que ya he visto en ocasiones anteriores con menor éxito popular. Creo que su tema principal, la pobreza, tiene bastante que ver con el hecho de que haya sido ésta, y no otra de su tribu, la que haya calado en el imaginario colectivo. Por lo demás, Extracurricular. Mi Nombre. Vincenzo. Facultad de Derecho. Somos Muy Guapos y Nos Gustamos, ver. 13.2.5. Y las que me deje en el tintero. Todas a la yugular desde el minuto uno. Son auténticas bestias de sinopsis. Soy productor, llaman a mi despacho, me dice que «vienen de Corea del Sur con dos líneas de argumento» y se lo compro antes de que crucen la puerta. Incluso Infierno de Solteros me estoy tragando. Veo de todas formas cierto problema: son ganchos tan potentes que las series que menos me gustan se quedan en eso, en ganchos. De cualquier manera, entre series, música y Parasite, creo que estos últimos meses se han distinguido por la consolidación de la idea de que a Estados Unidos le ha salido su mayor competidor en décadas del espacio audiovisual. Molaría abundar en este tema y discernir sus cien y un matices, pero una de las ventajas de no estar escribiendo ya en Las Horas es que puedo decir con toda tranquilidad y una sonrisa en la cara que eso no va a ocurrir a corto plazo por la sencilla razón de que no me sale de los cojones. No obstante, hablando puramente en términos generales y perdón de antemano por esta simplificación aberrante, veo a Corea del Sur como un «rival» más potente, creo yo, que el frenesí chino de principios de los años 2000, gracias a las oportunidades de globalización que ofrecen las plataformas y a la mayor proximidad que guardan ambas culturas, en particular en los ámbitos comercial e ideológico, en comparación a lo ofrecido con Pekín.

Fuera de Seúl y alrededores: por encima de todo el retorno a un clásico de la televisión británica como es Our Friends in the North (Daniel Craig, Mark Strong, Christopher Eccleston y Gina McKee. Va de décadas de vida de un grupo de amigos pero por encima de todo vuelvo a repetir: Daniel Craig, Mark Strong, Christopher Eccleston y Gina McKee), Calls, Alice in Borderland, Lonesome Dove, Shadowplay, The North Water (género histórico-cafre en un ballenero con un Colin Farrell al nivel TOP que viene exhibiendo desde hace unos cuantos años ya), I Am The Night (algo estirada, pero casi imprescindible para fans de la crónica negra, mística, de Los Ángeles, y en la que Chris Pine está absolutamente fantástico) o mi Mike Flanagan favorito, Misa de Medianoche, una película estirada sin rubor alguno a serie donde todo el relleno ha ido a parar a… a los personajes. Puedo decir lo que quiera de algunas de sus películas, pero este tío tiene el corazón en su sitio. Mención especial para Brand New Cherry Flavor simplemente por Rosa Salazar (aunque creo que se cae un poco al final; casi os recomendaría mejor Room 104). También revista A Golpe de Bisturí, que sigue pareciéndome de lo mejor de Ryan Murphy por distancia sideral. Y parte de Luck, la serie maldita de Michael Mann y David Milch, al frente de un primer episodio en el que convierte a los caballos de carreras protagonistas en Ferraris. La he dejado temporalmente a medias porque el resto de la serie, simplemente, no puede competir con un episodio que entra en lo nunca visto en audiovisual sobre competiciones deportivas.

Una última mención especial para Dopesick, de la que no pude terminarme ni el primer episodio. La, más que crisis, tragedia criminal de los opiáceos en Estados Unidos es un tema con el que he trabajado en mi curro y no quiero abundar en él más de lo necesario. Quince minutos son suficientes para entrever las intenciones de la serie: educar. Compensa sus (pocos) excesos melodramáticos. Cogieron a comunidades enteras de trabajadores deslomados temerosos de Dios, los arruinaron, violaron a sus hijas, y finalmente asesinaron a todos. Mataron a tanta gente que la expectativa nacional de vida cayó una décima.

Algo de anime:

OddTaxi; Vivy: Fluorite Eye’s Song (ésta, una épica de ciencia ficción que abarca un siglo aproximadamente, me ha encantado particularmente); Sonny Boy; Komi-san no puede comunicarse y el acabose en forma de sinopsis: Back Street Girls, en la que tres miembros de la Yakuza pagan una deuda de honor con su jefe sometiéndose a un cambio de sexo para convertirse en un grupo de pop femenino. Sigo siendo un fan irredento de la serie de Goblin Slayer, pero me quedo con el manga (y los libros). En una hipotética adaptación a imagen real el conservador que hay en mí mantendría la brutalidad, enterraría un poco el sadismo, y me tomaría el tema realmente en serio porque es un poco más compleja de lo que parece — hay gente que prefiere salvar la aldea en lugar de salvar el mundo… sin darse cuenta de que, aldea a aldea, está haciendo exactamente eso — y la descripción de la acción es tan pormenorizada como aplastante, comenzando por el titular. En serio, cuando tu protagonista aúna la sed de sangre del Doomguy con la inteligencia táctica de Batman (con tiempo de preparación) frente a esa horda de hijos de puta, es la clase de personaje que mueve multitudes.

Así todos los números, la madre que parió a Panete.

DOCUMENTALES

Pervert Park, de Frida y Lasse Barkfors, es un documental sobre la vida cotidiana de los residentes del Palace Mobile Park de St. Petersburg (Florida): aproximadamente un centenar de condenados por abuso de menores. En su intento de explorar a esta gente, el documental aborda uno de los tabúes definitivos de nuestra sociedad, la humanización de los corruptores de la inocencia, y lo hace prácticamente vacío de cualquier tipo de intervención externa. Una cámara y comienza a grabar. Emergen cuestiones sobre el inexorable ciclo del abuso — no extrañará que muchos de ellos hayan sido antes objeto de la depravación a la que sometieron después a sus víctimas — y de los límites de protección de un sistema que lidia (o hace todo lo posible por no hacerlo, en realidad) con individuos que si por el sistema fuera lo mejor sería que se hubieran caído a un pozo negro.

Y el caso es que, en realidad, ya se han caído ahí. ¿Sabéis lo que hacen? Nada. Se levantan, se mueven sobre raíles — porque están más allá de la culpa, más allá de la redención, más allá de cualquier sustento moral o emocional alguno –, y duermen. Los instintos más crudos que albergo les desean el Infierno solo para descubrir que ya están allí.

Lo que quiero decir es que si veis Pervert Park con sed de sangre (y, seamos honestos, hay muchas posibilidades de que ello suceda), sospecho que puede quedar saciada. Pero también sospecho que no vais a quedar muy satisfechos con la forma que tiene de hacerlo. Más cosas:

Get Back. Iba a caer. Derecha a mi top de Peter Jackson, quien nunca parece haber perdido el idilio que le une con el documental, falso o verdadero. Una breve introducción y a partir de ahí ensayo tras ensayo por encima. Por debajo, un estudio de la dinámica de un grupo en las últimas: un metrónomo, un talento en ciernes y dos gigantes a punto de emprender respectivos caminos por separado, todos juntos para un último sprint. All-killer no-filler. Soy de la opinión no obstante de que si tienes 60 horas de imágenes y 100 horas de audio de Los Beatles en un estudio, remasterizas las 60 horas de imagen y las 100 horas de audio por imperativo categórico. Eres Disney. No te vas a arruinar.

Entrad por la música…

Quedáos por el salseo.

Algo mencioné hace un par de años, pero hacéos un favor y ved — también con estómago fuerte — el díptico Streetwise / Tiny de Martin Bell y Mary Ellen Mark. Por reiterar con la música, están Summer of Soul (…Or, When the Revolution Could Not Be Televised) o Peace, Love and Rage, el repaso que HBO hizo de lo acontecido en el Festival de Woodstock de 1999, de infausto recuerdo y de las múltiples causas que desembocaron en el, casi literalmente, cirio ardiendo en el que acabó convertido lo que en principio iba a ser una celebración de paz y amor… con Limp Bizkit al frente del cartel.

(Mejor el docu del original, dirigido por Michael Wadleigh, con Scorsese y Schoonmaker en la sala de montaje, y preferiblemente en su versión extendida, con karaoke y final épico incluidos)

(En realidad, la canción se llama I-Feel-Like-I’m-Fixin’-To-Die)

Y ya siento no haber dedicado mucho tiempo al género que tantas alegrías me ha dado pero a lo largo de este año ha sucedido en mí un cambio que me ha llevado a dejarlo apartado para entregarme definitivamente a mi nuevo amo y señor de realidades durante mis noches solitarias.


YOUTUBE

Donde está todo y si no está hoy ya estará mañana. ¿Queréis, no se, tutoriales del Cities: Skylines? Aquí, aquí, aquí, aquí, y aquí. ¿Cómo restaurar la pezuña a un caballo? Aquí. ¿Ver por dentro el apartamento de Quentin Tarantino durante sus principios en Hollywood? Aquí. ¿Al batería de Michael Jackson reventando Smooth Criminal? Aquí. ¿La remasterización en osciloscopio de uno de los mejores temas jamás compuestos para consola alguna? Aquí. ¿La resolución de un Sudoku milagroso a través de una las epifanías más importantes de 2020? Aquí. ¿Cómo cocinar en tu casa una barra de Twix más rica que una barra de Twix? Aquí. ¿23 minutos de reacciones al anuncio del reparto de la peli de Mario? Por qué no. ¿Revivir los breves días en los que Sananda Maitreya (a.k.a. Terence Trent D’Arby) estuvo a punto de cambiar el rumbo de la música pop al abanderar INXS tras la muerte de Hutchence? Say no more.

Algunas recomendaciones particulares, basadas en mis suscripciones del último año:

Mi favorito: los documentales etnográficos de Eugenio Monesma sobre la cultura rural española y sus oficios perdidos. Cero materia grasa. Van derechitos a la técnica. Ingenio, paciencia y manos. Es un archivo enorme de más de 200 documentales y se me hace complicado elegir, pero dejo aquí uno de los recientes sobre la fabricación del papel artesanal, con Gene Simmons segoviano de anfitrión.

Los tutoriales de la escuela de arte Watts Atelier. De vez en cuando mencionaba por Twitter las ganas que tenía de aprender a dibujar. Well, fuck it. Ahora veo estas maravillas de canales, como la clase semanal que da todos los viernes el antiguo artista de Disney Aaron Blaise, pienso «ey, magia». Y soy más feliz.

David Hoffman guarda en su canal muchas piezas históricas de Estados Unidos desde los años 50 a la década de los 90. Las revueltas raciales de los 60, el impacto del heavy metal en la juventud de 1986, enfrentamientos entre sindicatos y patronal en la Nueva York de hace medio siglo. Y Vietnam.

(Subtítulos en inglés)

Para cosas música, voy bastante al canal de Rick Beato, quien de un tiempo a esta parte se ha metido a las entrevistas, con fantásticos resultados. Enlazo aquí su largo careo con Pat Metheny pero su conversación con Brian May tampoco tiene desperdicio.

Por si no quedaba bastante claro hace unos párrafos al enlazar cincuenta tutoriales del Cities: Skylines, me estoy aficionando bastante al urbanismo y aquí os recomiendo el combo formado por City Beautiful, Not Just Bikes y Climate Town (en español tenéis Urbanópolis). Por qué urbanismo y no física cuántica se debe a que hace un par de meses mandé mi coche al carajo para terminar de convertirme en un ser superpedestre, completamente ajeno a esas cosas que se mueven sobre cuatro círculos negros y ocupan el 75 por ciento de las calles. Mucha tristeza, ver mi Renault Clio alejarse de mí, arrastrado por una grúa, hasta que recordé que me estaba ahorrando como unos 1.500 pavos al año. Ojalá hubiera apretado yo mismo el botón de la plancha aplastadora.

Andrew Callagher se ha convertido en mi cronista favorito de la América contemporánea. Comenzó en el canal All Gas No Brakes antes de mudarse a Channel 5 with Andrew Callagher. En los últimos dos años, Callagher se ha paseado micro en mano por reuniones de QAnon, manifas antivacunas por Hollywood, los disturbios de Portland, convenciones de furris, festividades del 4 de julio, eventos de cine porno, festivales de Burning Man y demás concentraciones. Su aspecto inofensivo y su carácter apacible facilitan que sus entrevistados hablen sin filtro alguno. Vice le dedicó un reportaje que os dejo aquí para que entréis en contacto. Para el resto, pinchad en los enlaces de arriba.


VIDEOJUEGOS

Muchos motivos personales para destacar el Resident Evil: Village. Primero y fundamental: lo encontré inmensamente divertido con un aliciente especial como fue la sufridera / satisfacción resultante de pasárselo en nivel medio chungo. En retrospectiva, y si no habéis tocado uno de estos en vuestra vida, diría que fuérais directamente al modo fácil porque los incrementos de dificultad consisten básicamente en multiplicar por 300.000 los disparos a la cabeza que tenéis que propinar a enemigos que se mueven como un agente de Matrix, y disfrutar con este homenaje con esteroides a los clásicos de la Universal y sus versiones de Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo o la Criatura de la Laguna Negra. El resto del juego no puede competir con un primer tercio donde te tira TODO encima — persecuciones, asedios, sigilo, agonía y bichos por doquier de toda clase y condición — pero intenta constantemente remontar sin perder su dignidad (y si llegáis a la Casa Beneviento y a la abominación nivel «tirar el mando, apagar PS4» que aguarda ahí, descubriréis por qué digo esto). No todo me funciona: su mecánica de protección sigue siendo un poco ridícula («un dragón de veinte metros está a punto de embestirme a 200 kilómetros por hora así que voy a poner las manos delante de la cara. Así aprenderá») y hay una fase Call of Duty que podría haberse ido al carajo perfectamente, por antinatural que resulta respecto a lo visto anteriormente. Pero, la verdad, recapacitando sobre el lugar en el que está Resident Evil en 2022, estas dos quejas me parecen absolutas menudencias. Llamar reinvención lo que ha sucedido con esta franquicia desde la anterior entrega me parece flaco favor. Revitalización, creo, es la palabra apropiada.

Y luego está éste.

YO: «La jugabilidad es el aspecto más importante de un videojuego y el resto de elementos deberían ser subsirvientes a la misma, historia incluida»

Marvel’s Guardians of the Galaxy: «VETE A TU PUTA CASA, CALVO»

Hay historias tan bien contadas que acaban generando EL MOMENTO casi por ciencia infusa. Este juego contiene al menos tres.

Otros juegos, sin orden ni concierto, con trailers incluidos: Grime, Eastward, Opus, Mundaun, CrossCode, Solas 128, Unavowed, Unsighted, Wildermyth, UnMetal, Zero Ranger, Quake Enhanced, Phoenix Wright Ace Attorney Trilogy, Impostor Factory, There Is No Game, Environmental Station Alpha, Cyber Shadow, Kathy Rain, Ender Lilies — y creo recordar que me harté en su día de recomendar Disco Elysium, Return to Obra Dinn y Observation, pero los dejo por aquí por si acaso –. Mis juegos de la pandemia con los colegas han sido el Among Us, nada de particular realmente, salvo que ha acabado palideciendo en comparación con el afinado instrumento sadomasoquista que es Don’t Starve Together, concebido específicamente para arrancarme el alma, escupir en ella, y enviar el cascarón que queda de mí de cara a la pared para contemplar en silencio que todo en este mundo es pasajero, que la felicidad no es sino una ilusión, y que la vida es en realidad un Deerclops que pisotea tus esperanzas y sueños a una velocidad inversamente proporcional a la que has tardado en construirlos.

PD: Elden Ring – 57 horas y contando. Sigo vivo.


MÚSICA

Anyway, here’s Wonderwall.


CÓMICS

El retorno de Barry Windsor-Smith tras una ausencia de casi una década y, como el propio autor reconoce, la expansión definitiva de la semilla que plantó a principios de los 90 con uno de mis comics favoritos de siempre de Marvel: Arma-X. Aquí, y como ya sucediera con Lobezno hace 30 años, el joven Bobby Bailey, marcado por un pasado de violencia, familiar es transformado en un monstruo durante un repulsivo experimento militar. Ahora, su única esperanza es el oficial que le reclutó, ahora abrumado por una crisis de conciencia y un particular sentido de la empatía que, en su hija, alcanza niveles sobrenaturales.

De no ser por Monsters, habría encabezado con Immortal Hulk o Strange Adventures, que devuelve a Tom King a su hábitat casi natural: un estudio de los crímenes de guerra. También habría enarbolado una bandera en una colina solitaria por su Rorschach, la verdad sea dicha. Le tengo aprecio. Su recorrido con Batman me parece irregular, pero siempre le llevó por derroteros poco transitados — con un par de momentos excepcionales — y siempre se lo he agradecido. Para más del hombre murciélago, he desempolvado Gotham by Design («¡Harrigan! ¡Eh, Harrigan! ¡Más arquitectura! ¡más urbanismo! Qué bien, ¿no?«) Estoy pendiente de Catwoman: Lonely City y del retorno de Saga. He seguido a medias los X-Men orquestados por Hickman (sobre todo porque me resultaba imposible estar pendiente de diez colecciones al mismo tiempo). También enganchado a Asadora, de Urasawa, muy encantado con Fire Punch, de Tatsuki Fujimoto (Chainsaw Man) y acojonado por Blood on the Tracks, de Shūzō Oshimi.

Fuera de mi elemento, Donny: gracias a quien se las merece por Sabrina, de Nick Drnaso, y por la adaptación de Giraffes on Horseback Salad, la película nunca realizada de los Hermanos Marx con guion de Dalí.

Y uno preferido muy, muy particular para terminar la sección.

Assholes.

LIBROS

Hacéos de una biblioteca pública. En serio. Si estás leyendo esto y eres de Madrid Centro, a mí me pilla muy bien la de José Luis Sampedro. Gente superamable. Me hice del sitio buscando con pocas expectativas de cosas de la radio en Euskadi durante los años 50 para una cosa que estaba preparando y acabó en absolutamente nada y acabé con una pila de libros hasta la cintura cortesía de no una sino dos bibliotecarias. De la típica atención que sales del sitio y da gusto haber entrado. En serio. Gratis todo. Todo ventajas.

Por lo demás… The Jungle, de Upton Sinclair. Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Blacktop Wasteland, de S.A. Cosby. The Night Land, de William Hope Hodgson. We Begin at the End, de Chris Whitaker. Piranesi, de Susannah Clarke. Dos de Jeff VanderMeer: Borne (muy bien) y Hummingbird Salamander (muy meh). En el terreno de la no ficción, Beaten Down, Worked Up: The Past, Present and Future of the American Labor, de Steven Greenhouse; Debt: The First 5.000 Years, del tristemente fallecido David Graeber y The Hardest Place, de Wesley Morgan (uno de los mejores recuentos que he leído sobre la invasión estadounidense de Afganistán). Me lo pasé muy bien con This is Going to Hurt, las memorias de un joven doctor y sus desventuras en el servicio de Obstetricia en un hospital británico. Fueron adaptadas a serie de BBC, protagonizada por Ben Whishaw, quien dentro de unos 20 años será el mejor actor del planeta.

Y ya está.

Enlaces

Strange Keyworld es un matarratos en forma de juego de plataformas creado por GMShara (descarga aquí, 22 MB, precio a voluntad, o directamente aquí, en navegador). La idea consiste en hacer avanzar al moñeco con la circunstancia particular de que solo puedes utilizar las teclas que aparecen en la pantalla en ese momento. Y las teclas pueden cambiar de una pantalla a otra. Y las teclas forman parte del terreno del escenario, actuando como plataformas que desaparecen en el momento en que las pulsas. Así que es cuestión de ritmo, anticipación, y no volverse como una regadera.


Terminado Masks of the Illuminati, de Robert Anton Wilson. Se ha sufrido. Un poquito. Más que nada por la decepción de que, realmente, no es la historia de detectives que avanza su cubierta, sino más bien un repaso a la historia del esoterismo de la mano de su verdadero protagonista principal, un joven británico llamado John Babcock, modelo de romanticismo-angustias decimonónico, y su transición natural hacia el escapismo definitivo: el simbolismo. Puede llegar a cansar pero el caso es que Wilson escribe como un auténtico demonio y sin ningún tipo de restricción estilística: tan pronto la novela se convierte en un guión cinematográfico como en un diario, como en un cuestionario. A veces pasaba la página solo por descubrir con qué forma iba a encontrarme a continuación. Y, aunque no sean personajes predominantes, las diferentes perspectivas que aportan Joyce y Einstein sobre estos fenómenos, así como la extraña pareja que forman — y sus radicalmente opuestas aproximaciones a lo que entienden por Verdad — ayudan a anclar todo el material, que en el fondo comparte la misma idea con todos los textos de Wilson: la revolución espiritual debe ocurrir primero.

Siguientes en la lista: Borne, de Jeff VanderMeer y Nixonland: The Rise of a President and the Fracturing of America, de Rick Perlstein.


Archive.org tiene almacenada, en su integridad, la serie clásica estadounidense One Step Beyond, 96 episodios de fenómenos raros — clarividencia, parapsicología, posesiones, apocalipsis varios –. Es considerada, al menos cronológicamente (su emisión comenzó en 1951), la abuelita de The Twilight Zone. Por sus episodios rondan Warren Beatty, Joan Fontaine, Christopher Lee o William Shatner.

Además de en Archive, tenéis todos en este canal de YouTube.


Enamorado de este libro de arte sobre el videojuego Sekiro, de From Software, creado por Emma Rios. Nos lo deja gratis para su descarga aquí (32 MB, .pdf)

BONUS: Clásico instántaneo en la historia de las boss fights por envergadura, atmósfera, lirismo y por su descomunal banda sonora (de Yuka Kitamura. Explota a partir del 06:25).


All the President’s Minutes es un podcast de los creadores de One Heat Minute, del que hablé por Twitter alguna vez. Como ya sucediera con la película de Michael Mann, la idea consiste en desgranar minuto a minuto el metraje del clásico thriller político de Alan J. Pakula para expandir la conversación desde ahí hacia otros derroteros relacionados con la política, el cine de los setenta y la transformación política y social de EEUU. Con invitadas de excepción a cada programa, como Melissa Matheson (la guionista de E.T.) o la crítico de cine Manhola Dargis, del New York Times.


El blog Drawing Blood, especializado en la intersección de comics y medicina, nos deja un recopilatorio de tiras cómicas norteamericanas durante la llamada «gripe española» que comenzó en 1918.

Por terminar con un disco, como casi siempre: Heaven to a Tortured Mind, de Yves Tumor. Prince estaría orgulloso.

Hamsterdam

Este artículo fue publicado originalmente el 15 de diciembre de 2015

De entre todas las historias que The Wire me contó a lo largo de sus cinco temporadas, Hamsterdam es mi favorita. Se trata de una trama que abarca prácticamente la totalidad de la tercera temporada, y la primera y última vez que The Wire, una serie aplaudida por su minuciosa descripción de las dinámicas sociales de la ciudad estadounidense de Baltimore a partir de la interminable batalla entre policías y criminales, se atrevió a plantear un escenario especulativo: la creación de un entorno — una pequeña zona de tres, cuatro manzanas en el oeste de la ciudad –, aprobado por los niveles más locales de la Policía, pero con el desconocimiento de las más altas esferas, donde los narcotraficantes podrían distribuir su producto sin intervención de las fuerzas de la ley. Un nuevo modelo de negocio que, inesperadamente, comienza a arrojar unos sorprendentes niveles de reducción de violencia, y resultados beneficiosos para el resto de la comunidad.

Por reiterarlo: Hamsterdam nunca existió. Se trata de un deseo nunca cumplido de los creadores de The Wire, David Simon y Ed Burns, que llevaban una década jugueteando con la idea, que terminó fructificando en una trama donde, por primera y última vez, The Wire parece escaparse de sus manos y deja de explicarnos el presente para anticiparnos un futuro. Si la realidad marca las reglas de The Wire, Hamsterdam fue la única vez que se atrevieron a estirar el límite, y lo hicieron respetando los fundamentos espirituales de la serie. Hamsterdam es la historia de una idea desde las bases de la sociedad que desemboca en tragedia silenciosa en contacto con las altas autoridades. A priori como otras tantas que maneja la serie, pero que aquí, por su ambición, coraje y optimismo iniciales, resulta doblemente dolorosa.

EL ACUERDO DE LA BOLSA DE PAPEL

La idea de Hamsterdam — al más puro estilo costumbrista, el nombre parte de una mala interpretación que los vecinos hacen de la ciudad holandesa de Ámsterdam — comenzó en 1997, unos siete años antes de su aparición televisiva. Lo hizo en el libro The Corner (junto a Homicidio, ambos de Burns y Simon, los dos pilares literarios que sustentan The Wire) con una sencilla comparación: “No hay una ‘bolsa de papel’ para las drogas”.

El planteamiento es el siguiente: la bolsa de papel habitualmente empleada en Estados Unidos para ocultar las bebidas alcohólicas a vista de todos (un momento de “genio silencioso”, como lo describen) es una especie de compromiso social que permite al bebedor conservar su bebida y al agente de Policía conservar un cierto respeto. Al Gobierno, le permitía, “reorientar sus recursos a aspectos más esenciales” que la persecución de bebedores.

Simon y Burns son los primeros en reconocer que este “pacto tácito” es literalmente inaplicable en la lucha contra el crack. Lo que intentan, en su lugar, es buscar un equivalente. “Sin ‘bolsa de papel’ para las drogas”, explican, “la violencia se convierte en la única línea de acción para la Policía y para los objetivos de su trabajo. No va a reducir la adicción, no va a arrebatar beneficios y no va a mitigar el desastre que supone perder una sola vida a manos de los narcóticos, pero podría servir para rescatar tanto a los policías como a sus presas de sus peores excesos”.

Podéis leer la reflexión entera aquí — a partir del final de la página —

“Hamsterdam”, explica Simon en el audiocomentario del tercer episodio de la tercera temporada de The Wire, “es una especie de sistema de prioritización social y política, donde alcanzas una especie de acuerdo con un problema social en lugar de controlarlo”. Hay que decir que la palabra en inglés que emplea Simon es “triage”, un término médico aparecido en las guerras napoleónicas que sirve para diferenciar la gravedad de los tres tipos de heridos en el campo de batalla: quienes probablemente vivirán sin necesidad de cuidados inmediatos, quienes probablemente morirán sin ellos, y por último y más importante para el tema que nos ocupa: aquellos para los que un cuidado inmediato podría representar una diferencia positiva de cara a si viven o mueren.

AUSENCIA DE NEGATIVO

Siete años después, David Simon representaría esta reflexión en la figura del principal protagonista de Hamsterdam: el gentil veterano mayor de Policía Howard “Bunny” Colvin (interpretado por el actor Robert Wisdom), quien decide impulsar la iniciativa. Colvin es un constructo ideal, en este sentido.

Primero por rango, al conocer de primera mano las necesidades de la población y, simultáneamente, engañar a sus superiores sobre sus verdaderas intenciones al tratarse de un enlace directo con el Ayuntamiento. Una combinación ideal de poder y capacidad de maniobra que se ve impulsado a actuar después de que uno de sus agentes sobreviva milagrosamente a un tiroteo con narcotraficantes. “No he perdido a nadie”, confiesa en una escena al recientemente fallecido Melvin Williams, una de las figuras reales en las que se inspira la serie. “Eso es lo mejor, supongo. La ausencia de un negativo”.

Colvin, a pocos años de jubilarse pero con el vigor y la nobleza suficiente como para no dejarse arrastrar en sus últimos años, se convierte en el primer y último “alcalde” de Hamsterdam. Y los objetos que emplea para explicar sus intenciones a sus subordinados son una botella y una bolsa de papel. A pesar de las reticencias de sus hombres — que temen convertirse en el hazmerreír del barrio — Hamsterdam tiene luz verde.

“Es una especie de ‘último hurra’”, explica el novelista Richard Price, responsable del guión del segundo episodio. “Pero también en un momento en el que The Wire comienza a planear una utopía, que inevitablemente acaba convirtiéndose en una distopía, en un futuro trágico”.

EL LUGAR

“Tenía que ser un lugar con una densidad de población muy baja”, explica Price. Los responsables de la serie, además, hacen especial hincapié en un segundo factor: sea cual sea el lugar elegido no puede haber ninguna escuela en los alrededores. Sumando ambos factores, la primera fase de Hamsterdam se levanta en el distrito Oeste, al sur de West North Avenue, entre las calles de North Smallwood y North Payson.

No obstante, los responsables de The Wire representaron Hamsterdam en el distrito Este de la ciudad, por motivos logísticos, más concretamente en East Lafayette. Podéis navegar aquí por la zona, aunque hoy en día carece de sentido: la mayor parte de los edificios fueron derribados, aunque algunos, como la iglesia, permanecen en pie y aparecieron en la serie.

El lugar elegido por Colvin se corresponde con las premisas iniciales. Hamsterdam es declarado en la zona de color más claro que véis en la imagen inferior, con una densidad de población bastante inferior a la media y a unas diez manzanas de la escuela más próxima (Steuart Hill).

AUGE Y CAÍDA DE HAMSTERDAM

“¿Por qué cojones teníais que ir y tocar los huevos al programa?” – Fruit

Fruit (Brandon Fobbs) no termina de entender el motivo por el que tanto él como el resto de sus compañeros narcotraficantes son obligados a desplazarse a estas manzanas. Es una preocupación que comparte David Simon, quien asume desde el principio que Hamsterdam no es, en modo alguno, una solución al problema. Pero el impacto de esta acción social comienza a ser inesperadamente positivo, y no son pocos quienes en la vida real comienzan a preguntarse si esta táctica podría tener una traducción. “Hamsterdam”, apunta el abogado Lance McMillan en la Washington and Lee Law Review, “puede enseñarnos que la regulación, y no la prohibición, podría representar los mercados negros, destinados a llenar el vacío creado por prohibiciones; mercados que transforman problemas de regulación en problemas de violencia”.

McMillan no es el único que se lo plantea. Shirin Deylami y Jonathan Havercroft, en su libro Politics and The Wire, describen lo que sucede a continuación durante los primeros y gloriosos días. La legalización de facto del mercado de narcóticos y la ausencia de presión policial convierte Hamsterdam en un oasis para los compradores. El fin de las incautaciones de droga revierte en el suministro constante de narcóticos. El suministro constante impide variaciones al alza de los precios de las dosis y sumando todos estos factores, el número de delitos violentos en su distrito Oeste desciende, exactamente y tal como Colvin explica a sus superiores, un 14% (para hacerse una idea, el número de delitos violentos en Baltimore descendió en 2014 un 5%).

A todo ello hay que añadir que el distrito comienza a experimentar un “renacimiento social”. En lo que posiblemente se trata de los pasajes más bucólicos de la serie, trabajadores sociales entran libremente en Hamsterdam para distribuir jeringuillas limpias, condones y realizar pruebas de VIH y otras enfermedades de transmisión asociadas a la drogodependencia, mientras los vecinos de la zona vuelven a salir de sus casas para disfrutar del aire libre.

Pero el experimento social de Simon y Burns acaba derrumbándose por una combinación de factores que encontramos dentro de la propia serie. “Al más puro estilo The Wire”, explican Arin Keeble e Ivan Stacy em la colección de ensayos The Wire and America’s Dark Corners: Critical Essays, “Hamsterdam no ofrece una respuesta moral”. Dicho de otro modo, no pretende imponer un modelo de comportamiento. Y como suele suceder en la narrativa de la serie, la destrucción del sueño de Colvin sucede a través de pequeños incidentes de carácter acumulativo que culminan en un verdadero sindiós: un asesinato prácticamente accidental dentro de la “zona libre” obliga a los agentes a mover el cadáver fuera de las fronteras de Hamsterdam. Esta alteración del balance de fallecidos en el distrito es la gota que colma el vaso de uno de los policías más mercuriales, quien desvela la existencia de la zona al Baltimore Sun, lo que a su vez revierte en la condena inmediata de los políticos, incapaces de aceptar el compromiso que supone una tregua contra las drogas. Colvin es reprendido duramente por sus superiores y su carrera queda por finalizada en público.

“Bunny, pedazo de chupapollas”, le espeta en privado su superior, William Rawls (John Doman), con su florido lenguaje habitual. “Tengo que reconocerlo. Una idea brillante. De locos e ilegal, pero brillante de cojones, de todas formas. Es una jodida lástima que vaya a acabar con nuestras carreras, pero aun así”.

HASTA HOY

Sin embargo, la premisa de Hamsterdam no ha quedado en el olvido. Sin ir más lejos, en abril de este año, Sati Knafo, de City Lab, llamó nuestra atención sobre una iniciativa de la Policía de Seattle llamada Distracción Asistida por las Fuerzas de la Ley (LEAD, por sus siglas en inglés). El experimento tuvo lugar en el barrio de Belltown, uno de los mayores mercados de droga de la ciudad. Sin llegar al nivel extremo de permisividad exhibido en The Wire, la Policía contempló una solución alternativa a las detenciones de narcotraficantes, por la que se daba a los camellos la opción de cumpir un programa de servicios sociales por el que se le ofrece la posibilidad de conmutar inmediatamente su arresto y una serie de ayudas siempre y cuando se comprometa a recibir a un asistente social dos veces el primer mes. Los participantes en el programa — todavía bajo investigación — han demostrado hasta el momento un 58 por ciento de probabilidades menos de ser arrestados en delitos posteriores.

Es un programa, reconocen sus responsables, extremadamente caro y extremadamente personalizado, pero lo realmente interesante es que fue aprobado gracias a un compromiso social no muy diferente al de la bolsa que cubría la botella de alcohol: el alcanzado por la Fiscalía, por la Policía y por la Asociación de Defensores Públicos de Seattle, en particular gracias a las reuniones mantenidas por la presidenta de una unidad especial de esta última asociación, Lisa Daugaard, y el ex capitán del departamento de Narcóticos Steve Brown, uno de los mayores críticos iniciales del programa, y finalmente uno de sus mayores partidarios. Al término del proyecto — que también ha comenzado a aplicarse en Santa Fe, Nuevo México — Brown entregó a Daugaard la serie completa de The Wire, como reconocimiento.

La tercera temporada de The Wire termina con una escena en los escombros de Hamsterdam que reúne por vez primera a Colvin con Bubbles, uno de los personajes más reconocibles de la serie, el drogodependiente que pulula entre las trincheras de la guerra contra las drogas, y ocasional voz de la sabiduría popular del barrio. Colvin y Bubbles entablan una conversación sin respuestas. “Antes venías aquí, te chutabas, y la Policía te dejaba en paz”, reflexiona Bubbles. Lo dice con nostalgia. Esta es toda la moraleja que The Wire acaba ofreciendo sobre la única ocasión en la que intentó empezar a pensar en cambiar el mundo.