Un día de 1929

“Un día me di cuenta de que la mejor forma de controlar a los cineastas consistía en inflarlos a medallas. Con premios por delante, se matarían para producir lo que yo quisiera. Por eso se crearon los premios de la Academia”.

Estas son las palabras de Louis B. Mayer (en el centro de la foto) recogidas por Scott Eyman en su libro El León de Hollywood. Nos remiten a la creación de lo que hoy en día se conocen como los Premios de la Academia de Hollywood, que comenzaron efectivamente una tarde de mayo de 1929 por dos motivos bastante más pragmáticos que la glorificación de la calidad cinematográfica: el primero, limpiar su imagen; el segundo, como exhibición de fuerza de una organización capacitada en ese momento como una pura y simple patronal, para minimizar el poder de los incipientes sindicatos de Hollywood.

En enero de 1927, Louis B. Mayer –cofundador y presidente de Metro-Goldwyn-Meyer, el director Fred Niblo, el actor Conrad Nagel y el presidente de la Asociación de Productores, Fred Beetson, se reunieron en casa del primero para proyectar las líneas generales del futuro de Hollywood tras la implantación del código de censura del cine mudo, el llamado Código Hays, en el que Beetson jugó un papel esencial. La industria todavía estaba sufriendo los efectos mediáticos de la violación y muerte en 1921 de la aspirante a actriz Virginia Rappe, de las que fue acusado la mayor estrella cómica de la época, Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle. A lo largo de los tres juicios que se realizaron contra el actor salieron a la luz testimonios de que Rappe había sido violada con botellas y un pedazo de hielo antes de fallecer de peritonitis. Arbuckle fue exonerado de todos los cargos en 1922 pero no volvió a trabajar en Hollywood hasta 1933, cuando firmó un nuevo contrato para rodar un largometraje con la Warner. Falleció esa misma noche.

El caso de Arbuckle se distinguió por su violencia pero simplemente terminó poniendo de relevancia los excesos de la época. La actriz Mabel Normand era una adicta a la cocaína –tanto, que Stevie Nicks le dedicó una canción –, el director Thomas Ince fue supuestamente asesinado en el yate de William Randolph Hearst en 1924, y la tuberculosis por adicción era una causa de muerte bastante habitual entre las estrellas de la épica (Barbara La Marr murió por esta enfermedad en 1926, Normand lo haría en 1936).

Por otro lado se encontraba la cuestión de los sindicatos. Para entender el recelo de Louis Mayer hacia las uniones laborales, David Thomson, de Vanity Fair, recordó una anécdota sobre la casa en la playa que Mayer construyó en Santa Monica en 1926. La vivienda, descrita como “un palacio” se construyó en el plazo récord de seis semanas. La intención inicial de Mayer fue contratar a diseñadores y constructores de su propio estudio para ahorrarse pagar a arquitectos y trabajadores de la construcción, empleando tres turnos de mano de obra que trabajarían las 24 horas del día con el objetivo de tener la casa fabricada en un mes y medio. Sin embargo, con lo que Mayer no contaba era con las negociaciones que en aquel momento se estaban desarrollando entre los estudios y un sindicato de constructores, todavía en formación –que finalmente se conocería como la Alianza Internacional de Empleados de Escenarios–. De firmarse el acuerdo, los costes de construcción de su casa iban a multiplicarse. La solución finalmente acordada por Mayer y el entonces jefe de producción del estudio, Cedric Gibbons, fue la de reducir el número de albañiles contratados del estudio y recurrir a mano de obra que completó la casa en el tiempo pactado, bajo condiciones de esclavismo. De todo esto, Meyer extrajo la lección de que los sindicatos estaban a punto de convertirse en una gran amenaza, y junto a Niblo, Nagel y Beetson, actuó para impedirlo. Días después de la reunión, convocaron a 36 de los nombres más importantes de la industria en el Hotel Ambassador de Los Ángeles, quienes aceptaron su propuesta por unanimidad. De la reunión de 1927 nació lo que hoy en día se conoce como la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

La AMPAS fue concebida como un instrumento de mediación entre sindicatos y estudio pero en realidad actuaba simplemente como la patronal de Hollywood. Uno de sus primeros modelos de contrato, negociado en 1928, fue duramente criticado por las uniones, dado que no contemplaba un límite de horas de trabajo. La AMPAS desarrolló este agresivo papel durante dos años, hasta que en 1929 ocurrió un acontecimiento que Louis Mayer fue incapaz de anticipar. El “Crack” de octubre destruyó la economía estadounidense y la Gran Depresión de los 30 se caracterizó por el reimpulso sindical de Hollywood que perdura hasta nuestros días. La AMPAS se alejó progresivamente de su carácter laboral y terminó asumiendo una posición más neutral y de cara al público, para concienciar a los espectadores de la imagen positiva de Hollywood. Pero los Oscar llegaron en el apogeo del plan de Mayer.

La primera ceremonia de los Oscar – AMPAS

No extraña así la ausencia de ceremonialismos en la gala que tuvo lugar el 16 de mayo de 1929 en el Hotel Roosevelt. El evento fue presentado por el presidente de la AMPAS, Douglas Fairbanks –uno de los responsables de la construcción del hotel–. Como fenómeno singular, las películas a competición abarcaban los años 1927 y 1928, es decir, desde la creación de la asociación hasta ese momento. Se trató de la única gala no retransmitida por los medios –evidentemente no existía la televisión, pero ninguna emisora de radio se prestó a transmitir la ceremonia–. No hubo ningún tipo de suspense en la entrega de los galardones, cuyos ganadores fueron dados a conocer tres meses antes por el L.A. Times. La gala contó con 250 asistentes que pagaron cinco dólares de la época por una cena consistente en filetes de lenguado y pechugas de pollo. “La recuerdo como un grupo de gente reunida para darse palmaditas en la espalda. Recuerdo a Hollywood como una gran familia. No tenía nada que ver con lo que es ahora”, explicó Janet Gaynor, la primera ganadora del Oscar a la Mejor Actriz por El Ángel de la Calle, de Frank Borzage. Tras la comida, Fairbanks se levantó para dar un breve discurso y, con la ayuda de William C. deMille, comenzó a repartir los galardones. El evento duró solo quince minutos.

En retrospectiva, la 1ª Ceremonia de Premios de la Academia fue excepcional más allá del contexto que llevó a su creación. Se puede poner el ejemplo de que sería la primera y última vez hasta la llegada de The Artist que la Academia entregó el galardón a la Mejor Película a un filme mudo: Wings, de William Wellman, considerada como una de las mayores superproducciones de la época. Pero hay que destacar por encima de todo que fue la primera y única vez que se entregaron dos premios a la Mejor Película. Wings se llevó el premio a la Outstanding Motion Picture –a efectos oficiales, la Mejor Película de ese año– pero la Academia diseño también un galardón a la “Mejor Calidad de Producción Artística”, que premiaría a “la película más original, única o artística sin referencia a su coste o magnitud”. Esa pelicula fue Amanecer, de Murnau. “En otras palabras”, explica Sasha Stone, de Awards Daily, “dividieron a los grandes fabricantes de dinero y a las obras más artísticas, una tendencia a la que Hollywood podría regresar dada la dirección que se está moviendo ahora mismo”.

Douglas Fairbanks (D) entrega a Joseph Farnham el Oscar a los Mejores Intertítulos

Fue una gala exenta de bombo pero no de anécdotas, como el hecho de que el ganador del premio al Mejor Actor, Emil Jannings, no acudió a recibir su premio –a raíz de su labor en dos películas: El Último Mando y El Destino de la Carne por estar de vuelta en su Alemania natal. La escritora Susan Orlean descubrió años después que el actor más votado no fue Jannings, sino el perro Rin Tin Tin. Pero sobre todo, la primera ceremonia de los Oscars fue una exhibición de fuerza de una patronal y el prototipo de una ceremonia destinada a proyectar, a lo largo de las próximas décadas, una imagen idealizada de Hollywood; un concepto que malvive con opiniones más profesionalizadas como las expresadas por actores como Jeff Daniels. “Uno de los aspectos más nobles de los Oscar es que dan a conocer películas sobre las que nadie conoce demasiado. A los blockbusters no les hace falta mucha ayuda”.

(Este artículo fue publicado originalmente el 17 de febrero de 2015 en Las Horas Perdidas)

Fail Safe (Sidney Lumet, 1964)

Rara vez Sidney Lumet me ha enseñado su verdadero rostro. A lo largo de la mayor parte de su filmografía solo he podido atisbarlo, diluido y filtrado a través los esquemas del realismo social que ha dominado su cine. A través de películas como 12 Hombres sin Piedad, Serpico, Tarde de Perros o Veredicto Final percibo a un hombre observador, pragmático, anti-institucional, cualidades todas ellas intrínsecas a su reputación como “el gran artesano liberal de Hollywood”.

Su polivalencia tampoco me ayuda a la hora de descubrir su personalidad. Rodó musicales, rodó misterios, rodó comedias. Así que quizás ese interés social correspondía en su lugar a las modas de la era. El hecho de que lo más parecido que tenemos a unas memorias sea un manual de dirección, Making Movies — un texto metódico, humilde, profundamente informativo, desprovisto de cualquier mística. “Te levantas, trabajas, duermes” — parece reforzar la idea de que Lumet era más bien un catalizador de talentos que prefería dejar que la película se expresara por él.

Pero a veces esos cierres saltan por los aires y Lumet me deja ver su auténtica percepción sobre nosotros. Nunca es constante ni hay película que lo defina enteramente. Hay algo en Equus, hay algo en La ofensa, hay algo en El Prestamista, hay algo en Network, hay algo en Fail Safe, cuando Lumet da un paso más y abandona la orilla del género para sumergirse en el drama psicológico.

Y es horrible. Estamos rotos. El Sistema no es un instrumento invisible de opresión: es un diseño humano que hemos concebido específicamente para explotar nuestras debilidades y garantizar nuestra propia destrucción. En un momento dado de Fail Safe, el piloto que va a arrojar una bomba nuclear sobre Moscú ignora las súplicas de su mujer, convencido de que se trata de una argucia soviética y aferrado a la fiabilidad de los múltiples mecanismos de seguridad, sin saber que han fallado uno tras otro, en cadena, porque cada error ha multiplicado exponencialmente el factor miedo.

Así que cuando el Presidente de Estados Unidos ofrece destruir a cambio la ciudad de Nueva York, a sabiendas de su mujer está de visita, a sabiendas de que la mujer y los hijos del piloto que va a lanzar la bomba viven en Manhattan, Lumet da la vuelta a lo que entendemos por raciocinio, y usa la lógica para justificar una atrocidad. El Sistema que nos destruye nos reconforta, susurrando al mandatario y a la plana mayor de su Administración que no podían hacer otra cosa. Pero el piloto que lanza la bomba lo entiende. Lo entiende en el sueño que inaugura la película: en nosotros sigue intacta una porción reptiliana de violencia, pánico y sadismo, y solo escuchamos ruido y estática.

Los cuadernos de bocetos del soldado Victor Lundy

Victor Lundy, estadounidense, nacido en 1923 en Nueva York, interrumpió sus estudios de Arquitectura para alistarse en el Ejército durante la llamada a filas de 1942. Su destino de instrucción fue la 26ª División de Infantería en Fort Jackson (Carolina del Sur), donde permaneció durante dos años antes de partir para Cherburgo (Francia), donde combatió en el frente hasta que resultó herido en combate a finales de 1944. Tenía 21 años.

Lundy, que recibió el correspondiente Corazón Púrpura, completó sus estudios e inició una carrera como arquitecto que le llevaría a convertirse en uno de los grandes ejemplos de la escuela modernista norteamericana. Pero durante su tiempo en el Ejército, llenó varios cuadernos de bocetos sobre su experiencia en el cuartel y en primera línea de batalla. Todos se encuentran disponibles en su integridad en la web de la Biblioteca del Congreso de EEUU. Aquí.

Soldiers looking at ship in the distance 27 de agosto de 1944
“Shep,” D-day – 6 de junio de 1944
Part of the Atlantic Wall, Quinéville 6 men from L Co. hurt here, 6 killed – 21 de septiembre de 1944
Ship and tugboat – 6 de agosto de 1944
Sunset – First night out – 27 de agosto de 1944

Después de servir completó una licenciatura en arquitectura en la Escuela de Graduados de Diseño de la Universidad de Harvard, Tras unos años en el extranjero, Lundy abrió en 1954 una firma de arquitectos en Sarasota, Florida. En 1967, fue nombrado miembro honorario del Instituto Americano de Arquitectos. Entre los edificios notables diseñados se encuentran el Tribunal Fiscal de los Estados Unidos (abajo) o la Embajada de los Estados Unidos en Sri Lanka.

En Flashbak tenéis más imágenes en alta resolución, y Curbed le dedica un perfil sobre su carrera de arquitecto.

PD: Otro de mis fetiches bélicos: mecheros Zippo de la Guerra de Vietnam. Aquí os dejo un álbum de ellos, en Imgur. Todas las leyendas son imborrables.

Las líneas del tiempo

¿Queréis saber cómo sería Twitter en el siglo IV? Podría ser así. He aquí el Chronikoi kanones de Eusebio de Cesarea. Una de las primeras sucesiones gráficas de eventos históricos relacionados entre sí en forma de filas y columnas de tamaño variable dependiendo de la importancia de los mismos. Data desde el inicio de la era Abrahámica (unos 1.800 años antes de Cristo) hasta el año aproximado de su publicación 325 d.C.

Conoció una segunda parte, publicada en el año 380 por el Doctor de la Iglesia Eusebio Hierónimo, que recopiló y sincronizó los eventos entre ambos escritos. A través de esta estructura, basada en la obra pionera del viajero cristiano Sextus Julius Africanus, ambos consiguieron resolver uno de los problemas fundamentales de la cronología histórica: el de la asociación de eventos.

Es el principio de lo que Wikipedia llama panorámica sincronóptica. Cronografía aquí, para abreviar.

via Richard A. Flower

Tras siglos de relativo silencio, y como otros tantos aspectos de la Edad Clásica, la cronología protagonizó un retorno por todo lo alto durante la Ilustración, de la mano del médico y editor Jacques Barbeu-Dubourg, a quien se le ocurrió la idea de exponer los datos en un formato horizontal, reservando ese eje para representar el paso del tiempo a través de diferentes filas de eventos, y distribuyendo el vertical en forma de columnas de anchura variable, dependiendo de la importancia de los mismos. Y así, en 1753, nació la Carte chronographique: un rollo de 6,5 metros que recopilaba 6.500 años de historia de la Humanidad.

Jacques Barbeu-Dubourg, Chronographie, ou Description des Tems…, tableau 34, Paris 1753

Unos años después, en 1769, el polímata británico Joseph Priestley continuaría con el formato de Barbeu-Dubourg y le añadiría color, en su Nuevo Mapa de la Historia.

Joseph Priestley’s A New Chart of History (1769)

En el siglo XIX, la cronografía fue elevada a la categoría de arte gracias a personas como la profesora y activista de los derechos de la Mujer, Emma Willard, responsable de obras como El Templo del Tiempo, una de las primeras visualizaciones históricas en tres dimensiones de las que se tiene constancia. Un título absolutamente literal, como podéis ver, donde el principio de la Historia se sitúa al final de la nave principal, avanzando conforme las líneas temporales se acercan a la fachada.

The Temple of Time (Emma Willard – 1846)

Willard no solo emplearía la arquitectura como referencia de sus obras. La naturaleza le sirvió de guía en esta historia del siglo XVIII en Estados Unidos, extraída de la biblioteca de mapas de David Rumsey — auténtica cueva de los tesoros para los fans de esta preciosa disciplina —

Willard’s Chronographer of American History – 1865

Aquí tenéis un perfil de Willard escrito por Susan Schulten para Public Domain Review. Aquí, uno de las primeras cronografías en web: Hyper History, de Andreas Nothiger.

Minding the Gap (Bing Liu, 2018)

Tres amigos. Tres formas de reaccionar a la violencia: evadirla, abrazarla, exorcizarla. Minding the Gap es una historia de abandono. “Sobre sus tablas”, escribe Tony Hawk, el skater más conocido del mundo, “Zack, Keire y Bing gozan de dignidad y poder. Sin ellas, están perdidos”. Y la vida hace que lo pierdan, y así lo refleja el desarollo del documental, a partir de su propio título: Cuidado con el hueco. Lo que comienza como una elegía a la disciplina del monopatín acaba transformado en el enfrentamiento a pie de sus tres protagonistas contra un pasado de abusos, un presente de pobreza y un futuro de incertidumbre.

Zack, Keire, Bing

El caso de Zack es particularmente descorazonador. Se convierte en un agresor. En su cabeza ha encontrado la excusa para golpear a su pareja: despersonalizándola por debajo de su propio ego. “Hay una diferencia entre pegar a una mujer y abofetear a una zorra“. De los tres amigos, es el patinador más inconsciente. Keire aparece cayendo una y otra vez de morros, buscando una excusa para reventar su tabla a patadas. Acaba marchándose porque intuye que lo siguiente que romperá no será una tabla. Lo entiende delante de la tumba de su padre. Pero Bing, que además es el director de este documental, eleva su patinaje a una expresión artística, más allá de una vía de escape: como un filtro para asimilar la realidad. Es él quien decide, detrás de una cámara en lugar de sobre un patinete, depurar una vida de agresiones. Todos son reflejo de sus capacidades.

Sucede en Rockford, Illinois, una ciudad sobre la que el documental gasta pocas palabras. La World Wide Socialist Website nos deja aquí un amplio perfil sobre la localidad, modelo de la destrucción del cinturón económico norteamericano — el índice de pobreza se sitúa en el 22,6% –. Es un entorno incapaz de monetizar una pasión.

A diferencia de otros documentales sociales norteamericanos, Minding the Gap nunca aborda la panorámica general y en su lugar elige profundizar en las experiencias individuales de cada personaje. Tanto mejor, en este caso. Para sí mismo, por venir de quien viene — de una víctima transformada en combatiente — y para el género al engrosar sus filas más intimistas, un poco desastradas en beneficio de obras con ambiciones más generalizadas.

(Salon entrevista a su director con la mirada puesta precisamente en esta perspectiva urbana que falta en el documental, para completar)

Enlaces

Arte: Robin Galante

Desde hace unos días estoy escuchando Nocturne (Twitter, Web), un podcast producido por Vanessa Lowe. Se define como “un híbrido de documental y ficción en forma de ensayos” que giran en torno a un tema principal: lo que ocurre durante la noche. Lo mismo te habla de grillos, que de velas, que de incursiones del KKK. Todo lo que te cuenta, sucede durante la puesta de sol. Su tono es difuso, casi fantasmagórico, gracias muy en parte a los espacios sonoros que crea el compositor Kent Sparling (técnico de sonido en los estudios Skywalker de Lucasfilm). Perfectamente apropiado para esas horas.

Os dejo con un episodio: Shortboard, la historia del surfista Matthew Bryce, a la deriva durante 31 horas tras un accidente en las costas de Escocia. (Descarga, aquí – .mp3, 42′)


Tomorrow’s On Fire, un breve cortometraje animado de Darcy Prendergast, animador de Mary & Max, sobre la crítica situación en Australia debido a la ola de incendios — casi una treintena de muertos, diez millones de hectáreas quemadas, mil millones de animales salvajes calcinados: el humo se ve desde el espacio y acabará dando una vuelta completa a la Tierra –.

PD: La colección de fotos de In Focus. Apocalíptica.

REUTERS/Tracey Nearmy

El código de VVVVVV está abierto. Uno de los clásicos indies de los últimos diez años. (Humble, GOG, Steam – aproximadamente unos 5€)


Estaba claro que tarde o temprano iban a emerger discípulos del gran cineasta canadiense Guy Maddin*. Uno de ellos es otro hijo de Winnipeg, Matthew Rankin. Aquí os dejo un cortometraje experimental sobre el inventor Nikola Tesla: The Tesla World Light

… para cuyos efectos de luz Rankin, animador de profesión, acabó empleando más de 15.000 bengalas.

PD: Rankin ha estrenado largometraje hace poco: The Twentieth Century.

PD2: ¿Guy Maddin? The Saddest Music in the World. Tiene muchas. Pero yo empezaría por ésta.


¿Rock japonés de los años 70? Rock japonés de los años 70. Él es Yosui Inoue. El disco se llama Kōri no Sekai, el primer album que vendió más de un millón de copias en Japón.

Méliès, recuperado

La Visual Effects Society ha anunciado este pasado martes el proyecto The Méliès Collection: la reconstrucción y restauración de 88 cortometrajes del pionero cinematográfico Georges Méliès, que se presentarán en otoño de este año 2020 en la apertura del museo del cineasta en la Cinémathèque Française.

Me he puesto a mirar y no he encontrado ninguna restauración de semejante envergadura sobre las obras de Méliès. El comunicado de prensa remite como origen de estos cortometrajes “el hallazgo de 58 latas de negativos originales que comprenden estos 88 cortos, ninguno de ellos restaurado, ninguno de ellos exhibido previamente en salas”. Esto me parece una barbaridad, sinceramente, que debería haber encabezado el comunicado, o al menos aparecer en el primer párrafo.

Y os explico por qué. Sucede con Méliès que gran parte de sus obras originales fueron destruidas en torno a 1923 por el propio cineasta francés cuando, sumido en plena depresión, decidió cavar un hoyo en su jardín y prender fuego a 520 negativos de películas que rodó entre 1896 y 1912. Méliès estaba en la ruina por una infinidad de motivos: la falta de circulación internacional (en parte por la apropiación que Thomas Edison hizo de su obra más insigne, Viaje a la Luna), la incautación oficial de nitrato de plata, elemento imprescindible del celuloide, para su uso en la I Guerra Mundial o la competencia de nuevas películas. Aunque su hermano Gaston vendió algunas copias supervivientes a la compañía Vitagraph, de Blackton y Smith, competidores de Edison, se cree, a ojo de buen cubero por la masiva filmografía de este hombre, que solo existen 231 películas de las 520 mencionadas.

De estas 231 películas, aproximadamente 190 se encuentran recopiladas en el megapack que Lobster Films presentó en 2008 titulado Georges Méliès: The First Wizard of Cinema (1896-1913) y su añadido Georges Méliès: Encore – New Discoveries (1896-1911); un total de seis DVD con 800 minutos de contenido. A día de hoy son la recopilación definitiva para los fans de Méliès. Nada de este material está restaurado: que se sepa, entre los tres grandes esfuerzos de los que se tiene constancia en este sentido están la versión remasterizada del Viaje a la Luna que coincidió con La Invención de Hugo (la película-homenaje de Martin Scorsese) y la antología Méliès: Fairy Tales in Color, que comprende solo 13 obras.

Lo presentado el miércoles comprende ocho veces más material sin que en ningún momento especifique las circunstancias de su hallazgo. Este aspecto, sin embargo, es un poco secundario: estos negativos podrían haber sobrevivido perfectamente en los archivos de la Cinémathèque Française, inmersa desde 1992 en un extraordinario proceso de recatalogación de todo su material — proceso que no terminará hasta 2029, aproximadamente –, por no mencionar el goteo de “películas perdidas” de Méliès que son noticia de cuando en cuando: dos de sus películas fueron encontradas en los archivos Brinton de Iowa y su Robinson Crusoe, fue descubierto en la propia Cinémathèque, para convertirse la tercera gran restauración de una obra de Meliés, presentada en 2012 en el Festival de Cine Mudo de Pordenone, en el norte de Italia.

via Animation Magazine

Los Museos de París publican 100.000 obras de arte en alta resolución

Claude Monet (1840-1926). “Soleil couchant à Lavacourt (détail)”. 1880. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris, Petit Palais.

La sociedad de Museos de París han puesto a disposición del público unas 100.000 reproducciones digitales de las obras contenidas en 14 museos de la capital francesa, entre ellos el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, el Petit Palais o las Catacumbas, en alta resolución y sin restricciones.

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). Vieillard à grande barbe et au front ridé, 1631. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris.
Alphonse Mucha (1860-1939). Motif floral pour la boutique Fouquet
Pierre Bonnard (1867-1947). “Ambroise Vollard avec son chat”, vers 1924. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris.

El proceso es bastante sencillo:

1 – Entráis en su portal de colecciones.

2 – Marcáis “Image libre de droit seulement.

3 – Una vez elegida la obra, pinchad en “Descargar” para recibir un .zip con la imagen, un .pdf con los detalles sobre su uso — la Sociedad garantiza imágenes de 300 DPI — y un documento de texto con los detalles de la obra.

Pintura, numismática, diseño, fotografía, etcétera. Obras de Rembrandt, Gustave Courbet, Eugène Delacroix o Anthony van Dyck, o fotografías de Eugène Atget.

Rue du Cimetière Saint-Benoît. Paris, 1909. Photographie d’Eugène Atget (1857-1927). Paris, musée Carnavalet.

via Hyperallergic