Alien 3 (David Fincher / Charles de Lauzirika, 1992)

“Prefiero no ser nada”

Alien 3 me demostró que quiero a las películas a las que no les importo, y por eso recuerdo esa tarde como si fuera ayer. Tenía 11 años cuando la vi en los cines Liceo acompañado de mi padre, con su precedente relativamente fresco en la memoria, y creía que iba a ver “más bichos, más marines, más miedeque, más robots, más naves, qué guai”. Esa sensación solo me duró media fanfarria de la 20th Century Fox. Sabéis cuál. Empieza normal y de repente se “rompe” en un galimatías y acaba en una especie de grito interminable. Cogí la mano de mi padre. Era el resumen musical y simplificado de los 130 minutos que ocurren a continuación. Alien 3 arranca tu seguridad y te lleva al Infierno.

Se ha hablado mucho de lo que Alien 3 podría haber sido de haber culminado alguna de sus innumerables premisas, y de lo que fue después, merced a la posterior versión remontada y ampliada. Se ha hablado mucho de la procesión de decepciones en la que consistieron su caótico desarrollo artístico y su recepción popular a lo largo de los años subsiguientes en una película cuyos participantes recuerdan con frustración en el mejor de los casos, rechazo en el peor. David Fincher reniega de la película. No me importa. Es más, creo que es tan suya como cualquier otra, merced a los toques de humor quemado a la brasa que aparecen de vez en cuando. Pero me parece que se habla poco de lo que creo que realmente es: una despiadada elegía de horror, indiferente a toda lógica o satisfacción — nada está a salvo, nada es sagrado — , cargada hasta los topes de un extraño poder mitológico medievalista, en la que fanáticos criminales olvidados son juzgados ante un dragón entre coros diabólicos dentro de un terrible lugar “en el culo del Espacio, donde Dios ha sido encontrado” y a la vez “tan bueno como cualquier otro para dar tus primeros pasos hacia el Paraíso”.

Todos van a morir en Fiorina 161. Si no les mata el dragón, lo hará la Compañía que lo desea. Y morirán horriblemente — devorados vivos, gritando durante minutos enteros, escuchando el crujir de sus propios huesos y el ruido húmedo de sus vísceras arrancadas; Alien 3 se toma su tiempo en sus crueldades– sin consideración de su estatus de supervivientes en la película anterior o de su potencial carácter heroico en ésta. Pero nunca pensé en ella como una película nihilista. Todo lo contrario. Es una excepcionalidad del género: un film de horror humanista que habla de una promesa religiosa de salvación. Después de que la hija adoptada de nuestra protagonista muera ahogada, después de que sus restos hayan sido desecrados en una indigna autopsia, es despedida “con el corazón alegre porque cada semilla encierra la promesa de una nueva vida”. Es un momento tan genuino y esperanzador como irónico y catastrófico, considerando el montaje paralelo que lo enlaza con el nacimiento del dragón. Un funeral y un bautizo. Ellen Ripley va a morir. Pero morirá como Dios manda, con todos sus asuntos en orden y con el dragón derrotado a base de sacrificio tras sacrificio tras sacrificio, en éxtasis celebratorio tras padecer la peor de las desventuras: una en la que no hay esperanza en la Tierra.

Salí horripilado del cine y la sensación me duró varios días. Cómo había podido hacerme esto. Tardé bastante tiempo en entender su simbolismo pero hasta entonces — a un nivel puramente de aficionado — lo pasé realmente mal. No solo mató a mi heroína. La torturó. La obligó a lanzarse a un mar de llamas, herida de muerte por su peor enemigo, devorada por dentro, y me dijo que ese era el menor de todos los males. Alien 3 fue olvidada, apartada, negada, enterrada. No veo muchas posibilidades de una reivindicación futura a gran escala mediante un glorioso ejercicio de rescate comunitario. Lo dudo, la verdad. Las películas más proclives a ello son las que se consideran como puntuales errores maravillosos, locas obras de pioneros. No la tercera entrega de una franquicia, y menos una con un concepto tan particular y hostil de “maravillarse”. En cualquier caso, no está en mis manos. Y a Alien 3 el reconocimiento no le importa. Ni lo más mínimo.

Donde hablamos un poco sobre ‘Twice Upon a Time’

Este artículo fue publicado originalmente el 29 de octubre de 2015

El pasado 29 de septiembre Warner Archive sacó por vez primera al mercado doméstico Twice upon a Time. Aprovechando la coyuntura, vamos a dedicar aquí unas palabras a esta película de animación dirigida por John Korty y Charles Swanson, un fracaso rotundo en el momento de su estreno, pero fascinante de todos modos por su afán por el riesgo, así como por las técnicas y por los nombres implicados, desde George Lucas como productor a David Fincher o Henry Selick como responsables del departamento de animación.

En primer lugar, la historia de Twice upon a Time transcurre a matacaballo entre varios mundos. El primero de ellos es Din, representado en blanco y negro, donde sus habitantes, los Apresurados, no tienen tiempo para otra cosa que sea primero trabajo y, después, dormir. Ahí entran los ciudadanos de dos universos, Frivoli y la Factoría Murkworks, que les suministran respectivamente buenos y malos sueños. Nuestros protagonistas son dos habitantes de Frivoli: el animal Ralph — Lorenzo Music, voz de Garfield — y el mimo Mumford, quienes se embarcan en una aventura para desbaratar los planes de Synonamess Botch, dictador de Murkworks, para abrumar el mundo con pesadillas.

(Podéis ver más imágenes a gran resolución en Cartoon Brew)

En lo que a técnica se refiere, se trata de una película de animación en 2D y stop-motion con la particularidad de que sus personajes son recortes de papel, una técnica ya usada en el primer cuarto del siglo XX pero que en este caso, y en aras de la innovación, recibió un lavado de cara. En ella, los personajes fueron recortados en plástico y desplazados sobre una tabla de luz para incrementar la profundidad de la escena. Esta técnica recibió el nombre de “lumage“, y fue empleada en series clásicas infantiles como The Electric Company o Barrio Sésamo. El director John Korty nos habla de ella en esta entrevista que concedió a Tom Campbell para The Off-Hollywood Report, en 1988 y que tenéis aquí en su integridad.

“Desarrollé la técnica del Lumage tras 20 años de trabajo en la animación, porque no podía soportar la animación tradicional y sentía que debía existir un método mejor”, explica Korty, antes de elaborar. “No soy muy fan de la mayoría de la animación, no me interesan las formas redondeadas ni animar por nostalgia. Me interesan más los gráficos modernos”.

Bajo esta premisa, Korty concibió Twice upon a Time como una película independiente en el sentido de que “nos hicimos con cierta cantidad de dinero para desarrollar lo que en principio iba a ser un guión y un rollo de prueba, pero según íbamos avanzando, nos dimos cuenta de que la muestra iba a ser más importante que el guión, por lo que redujimos el libreto a una especie de tratamiento y pasamos de cuatro a diez minutos de animación”. El proyecto fructificó tras ponerse en contacto con George Lucas, a quien Korty conocía de varios años atrás. “Hicimos un screening con él, arregló un encuentro con la productora The Ladd Company en Los Ángeles, y un mes o dos después firmamos el acuerdo de producción”.

A estas alturas ya nos habremos dado cuenta de que Korty (Lafayette, Indiana, 1936) no era precisamente un don nadie. Su historia está vinculada a Lucas y a Coppola desde hacía más de diez años antes de Twice upon a Time. Concretamente desde 1968. “Me invitaron a hablar en una convención de profesores de inglés en San Francisco, sobre cómo traducir ficción literaria a imágenes cinematográficas. La verdad es que decidí acudir simpleemnte porque Francis Ford Coppola iba a ser uno de los oradores en ese panel. El día del evento, sin embargo, el sillón de Coppola, junto al mío, estaba vacío. En el último momento, un hombre delgado con vaqueros y zapatillas se sentó en su lugar. ‘Francis sigue rodando en Nebraska’, me dijo, ‘así que me ha enviado a mí. Mi nombre es George Lucas”, relata Korty en su web oficial.

En su primer encuentro, Korty les enseñó el pequeño estudio en el que trabajaba, cuya estructura serviría de inspiración a Coppola para levantar American Zoetrope en un edificio del que Korty fue inquilino temporalmente. Twice upon a Time se trataba de una incursión animada de un cineasta que ha tocado varios palos, desde el cine independiente con su debut en el largometraje de ficción, The Crazy-Quilt, hasta el documental televisivo, con la obra que le haría acreedor de un Oscar en 1977 con Who Are The Debolts And How Did They Get 19 Kids?, sobre la historia de una familia dedicada a adoptar niños que han escapado de conflictos armados. Su obra más conocida puede que sea La aventura de los Ewoks, telefilm derivado del universo Star Wars, que dirigió en 1984.

¿POR QUÉ FRACASÓ?

Porque, a juzgar por las declaraciones de los implicados, existe una palabra que describe a Twice upon a Time como película: tumultuosa. “Sigo creyendo que existe una gran película ahí, en alguna parte”, explica el actor James Cranna, integrante del reparto de voces de la película. “Cada vez que la veo, me invade esta sensación de que estaba a puntito de conseguirlo”, añade en declaraciones a esta magnífica retrospectiva que Taylor Jessen dedicó a la película en 2004, con declaraciones de implicados como David Fincher — entonces ayudante de cámara — o Henry Selick — director de secuencias –.

“A mí me parece que, en cierto modo, la película estaba espectacularmente mal concebida, pero en su núcleo se encontraba gente que tenía un talento de cojones, y que tenía unas ideas asombrosas”, explica Fincher, quien asegura que guarda un gratísimo recuerdo del film, a pesar de los problemas presupuestarios a los que se enfrentó: The Ladd Company estaba acercándose a la bancarrota. “Mira: si necesitas cinco millones para hacer algo, o los consigues o para eso no lo hagas. Porque si tienes dos y medio y estás intentando conseguir lo que falta, la gente va a ser la mitad de productiva y al final te va a costar un setenta y cinco por ciento más”.

Charles Swardson, co-director de la película, explica por su parte que la complejidad narrativa de la película acabó siendo contraproducente en las salas. “Sigue siendo un-poco-demasiado complicada. Conseguimos reducir la trama a ocho o diez eventos, cuando deberían haber sido tres o cuatro; seis o siete. Las películas populares de hoy en día, se llamen Ice Age, se llamen Babe, son simples. Y creo que ésta no lo es”.

Para el co-fundador de The Ladd Company, Gareth Wigan, existieron también problemas de identificación. “No creo que existiera una audiencia concreta. En esa época había menos estudios de mercado, por lo tanto menos conocimiento, y por lo tanto menos atención a esa clase de estudios. Era una época donde lo único que sugirieron a Star Wars para obtener más dinero es que metieran la palabra ‘guerra’ en el título”, indica.

Sumando todos esos factores, Twice upon a Time acabó estrenada de manera limitada durante dos semanas en Westwood, California, y encima contra otra producción Warner: Daffy Duck’s Fantastic Island. Catorce días después, la película fue vendida a TV, donde adquirió la notoriedad, si se puede llamar así, de la que ha disfrutado hasta nuestros días, gracias a los pases emitidos por la cadena HBO — más de una decena — en verano de 1984, un año después de su estreno. Al fin y al cabo, todas las esperanzas de The Ladd Company, ya al borde de la extinción, estaban depositadas en Elegidos para la Gloria, de Philip Kaufman, que nunca llegó a ser el blockbuster que esperaron, apunta Korty al NY Post.

Para terminar, os dejamos otra espléndida retrospectiva, la realizada en 2007 por Ward Jenkins, con entrevistas a Taylor Jessen y al director de arte de la película, Harley Jessup, y con multitud de fotos de producción. Parte 1. Parte 2.