Christine (Antonio Campos, 2016)

Christine me da mucho miedo porque su director plantea que las virtudes de su personaje protagonista — una periodista trabajadora, generosa, entregada — son consecuencia de grietas en su personalidad: un bálsamo contra la depresión. Y plantea que no hace falta un gran esfuerzo para convertir grietas en abismos. Un día tu jefe te ordena que dejes de hacer temas de investigación porque no dan audiencia, otro día tu madre se echa novio y te recuerda lo sola que estás. Un dolor abdominal encorva tu figura, te impide pensar. Un par de conversaciones pelín incómodas con extraños. Factores que, por sí solos, son inofensivos. Combinados, son una erosión.

Un día, Christine visita una tienda de armas. Su dueño le explica que la mejor manera de sorevivir consiste en interpretar cada segundo de tu vida como una potencial amenaza. “Alerta naranja”, lo llama. Ya no es una erosión. Es una guerra. Comienzas a herir a la gente, primero sin saberlo, luego para descargar. Y hay consecuencias, pidas perdón o no. Te distancias. Arruinas progresivamente tus perspectivas de futuro. Dejan de pensar en ti. Cada día es menos que el anterior. Y finalmente empiezas a pensar que el problema siempre ha sido tuyo.

Sobre Rebecca Hall, según pasan las escenas, se le notan cada vez más los huesos de la mandíbuila, debajo de las orejas: de apretar los dientes hasta rompérselos.

Antonio Campos no es su cineasta favorito, Stanley Kubrick. Ningún cineasta es Stanley Kubrick. Pero Campos es uno de los pocos que parece entender por qué rodaba como rodaba. Lo que realmente significa usar “estilo distante” y los añadidos que necesitas para consolidarlo, comenzando por la precisión.

He vivido en una redacción durante casi 15 años. Una redacción es tal y como nos la cuenta Christine, tanto a nivel profesional como personal. Una noticia se hace así. El material de época es clavado. Todos los diálogos suenan ciertos. Hasta la visión derrotista de su protagonista sobre los medios. Y porque Campos lo entiende, no tiene por qué recurrir a este estilo todo el rato. Pero el control, y la responsabilidad que conlleva, es el mismo. Y prueba de ello es que esta película sobre Christine Chubbuck no termina con la muerte de Christine Chubbuck. Termina con su legado: confusión, porque Christine nunca habló de estas cosas, porque su familia y compañeros nunca escucharon entre líneas, porque nadie se dio cuenta de que este calvario era realmente un calvario, y el dolor inconmensurable que deja detrás.