Paterson (Jim Jarmusch, 2016)

Lo peor que pude hacerle a Paterson fue verla como lo hice por vez primera: de día. No es que tenga una enfermedad que me bloquee el cerebro mañana y tarde, pero de noche, y en especial a la entrada de la madrugada, me siento más desajustado, mis filtros saltan por los aires, y mi tolerancia se dispara. No se trata solo de una reacción fisiológica: es parte de mi experiencia juvenil como espectador durante las madrugadas de Cine Club en La 2, cuando veía estupefacto todo tipo de películas sin la imperiosa necesidad de comprenderlas ni valorarlas, y me limitaba en su lugar a asumirlas tal y como venían desde mi estado de cansancio y duermevela, ni aquí ni allí.

El caso es que, dentro de la programación de Cine Club, había películas que me parecían especialmente sintonizadas con este doble estado físico y mental, y creo que Paterson podría haber sido una de ellas, porque la vi por segunda vez hace unos días a las tres de la mañana, y lo que en un primer momento no me pareció nada especialmente considerable, bueno, la palabra es “florecer”. Es moñas. Pero eso fue lo que sucedió. Paterson es una película que habla de la belleza en lo mundano y rutinario — hasta el punto de que deja de ser “mundano y rutinario”, y no es un mensaje que pueda digerir después de tres cafés de sobremesa.

El germen de Paterson es el poema del mismo nombre escrito por el autor William Carlos Williams, y publicado entre 1946 y 1958. Nada más empezar, nos habla de un hombre y la ciudad, situada en el estado de Nueva Jersey, “una ciudad de río”, comenta el autor, que da nombre al hombre, al poema y la película. Y nos habla con estrellas en los ojos: “…cerca del trueno de las aguas que llenan sus sueños”.

Paterson lies in the valley under the Passaic Falls
its spent waters forming the outline of his back. He
lies on his right side, head near the thunder
of the waters filling his dreams!”

Paterson – William Carlos Williams

Al contrario que el poema, la película no comunica inmediatamente esta pasión. De hecho, dedica los minutos previos a introducirnos en una rutina semanal de nuestro protagonista como compañero sentimental y como empleado en la línea de autobuses urbanos de su ciudad antes de llevarnos junto a él a los pies del parque nacional de Great Falls, un esfuerzo de conservación de las autoridades federales estadounidenses para aliviar la carga medioambiental de la ciudad, fundada en 1792 como la primera de naturaleza puramente industrial, fábricas de seda en este caso, de Estados Unidos.

Una panorámica de Paterson en torno a 1880 – Autor desconocido.

Es allí donde Paterson desata, como poeta en ciernes, su fervor creativo sobre una sencilla caja de cerillas a la que inyecta vida resaltando primero sus cualidades intrínsecas antes de relacionarla con la mujer que ama — artista, como él; más que una musa, una aliada en la creación –, expresado en forma de tres, hasta cuatro planos superpuestos, como si las ideas rebosaran el fotograma. Y así descubrimos que en lugar de usar la poesía como herramienta de escape, la utiliza para embellecer la síntesis de las experiencias que ha recabado desde que se despertó, sin ánimo de revancha. En su lugar, es un arte que emerge de la admiración por las pequeñas y grandes cosas así que, en su mundo, el hastío no tiene cabida.

Durante una entrevista posterior con su director, Jim Jarmusch, el periodista de North Jersey.com, Jim Beckerman, expresó cierta sorpresa sobre el espíritu esta película, “el regalo más sentido que esta polvorienta ciudad va a recibir jamás”. El realizador, no obstante, le respondió con una visión idealizada de la ciudad que visitó durante los años 90, vio nacer a Allen Ginsberg y conmovió a Williams como para dedicarle un poema de cinco volúmenes a sus cataratas y a sus edificios enladrillados, hasta convertir a nuestro protagonista en un reflejo del autor de Paterson, desde su aproximación a la poesía como una afición paralela a su trabajo — era jefe de Pediatría del Hospital General St. Mary — hasta su percepción de la realidad como fuente fundamental de inspiración: “No hay ideas mas que en las cosas“; una línea del poema que se convertiría en lema del Imagismo, una corriente estética dentro de la literatura estadounidense caracterizada por la precisión, la economía del lenguaje y el detalle en los objetos.

Esta corriente se traduce en la película en forma de innumerables atractivos que despiertan la curiosidad del protagonista, siempre saturado de la información que recibe de los espacios comunitarios en los que se desenvuelve, solo o en pareja, en su casa, en un autobús, en un bar, en una ciudad con historia. A lo largo de la película, los pasajeros de su autobús o el camarero que le sirve su cerveza diaria explican a Paterson las vidas de residentes más o menos ilustres de la ciudad, como el anarquista italoamericano Gaetano Bresci, asesino del rey de Italia Umberto II; el cómico Lou Costello o el boxeador Robin ‘Huracán’ Carter. Y, cuando llega a casa, se encuentra siempre con una sorpresa, una transformación — un plato nuevo, una nueva canción, una pintura –, una nueva expresión de belleza, cortesía de su esposa Laura, iraní-estadounidense (representación de la elevada densidad de población musulmana en la ciudad, la segunda del país).

Es una vida sencilla pero completa, cómodamente acurrucada entre la conciencia del pasado y una promesa de futuro. Contenta con ello, Paterson es una apreciación sin más expectativa que prolongar un día más la vida plena, material e intelectual, que su director nos enseña. Sin los filtros de la urgencia, tranquilo, en mi casa y sin un ruido en la calle, lo que de día percibí como un ritmo contemplativo se convierte de madrugada en un espectáculo de observación. Los breves encuentros, en una rica transmisión de ideas, los conflictos en anécdotas. El paisaje, en una lección de historia. Y la voz de nuestro protagonista, en una reivindicación de los placeres de la monotonía.

Unos enlaces para terminar:

Algunos de los poemas de Paterson vienen del puño y letra del autor estadounidense Ron Padgett. Jaume Muñoz le dedica unas líneas de contexto en Culturaca.

Las localizaciones de la película, aquí. Y, aquí, la página del film en la web de su diseñador de producción, Mark Friedberg (Joker).

La biblioteca de nuestro protagonista, según la iMDb.

Some of the books visible in Paterson’s basement are “Walden” by Henry David Thoreau, “Lunch Poems” by Frank O’Hara, “Paterson” and “The Collected Earlier Poems” by William Carlos Williams, “The Fall” by Albert Camus, “The Walk” by Robert Walser, “Double Indemnity” by James M. Cain, “Bambi” by Felix Salten, “Alone and Not Alone” and “Great Balls of Fire” by Ron Padgett, “The Collected Poems” by Wallace Stevens, “On the Great Atlantic Rainway: Selected Poems 1950-1988” by Kenneth Koch, “The Call of the Wild/White Fang” by Jack London, “Collected Poems, 1956-1987” by John Ashbery, “The Soul of an Octopus: A Surprising Exploration into the Wonder of Consciousness” by Sy Montgomery, “In the Palm of Your Hand: A Poet’s Portable Workshop” by Steve Kowit, “Selected Prose and Poetry” by Edgar Allan Poe, “Save the Last Dance for Satan” by Nick Tosches, “The New York Trilogy” by Paul Auster, “I Fought the Law: The Life and Strange Death of Bobby Fuller” by Miriam Linna & Randell Fuller, “Kill All Your Darlings: Pieces 1990-2005” by Luc Sante, “Gone Man Squared” by Royston Ellis, “This Planet is Doomed: The Science Fiction Poetry of Sun Ra” and “Prophetika Book One” by Sun Ra, “The Baltimore Atrocities” by John Dermot Woods, “Sweets and Other Stories” by Andre Williams, “Benzedrine Highway” by Charles Plymell, “I Remember” and “The Nancy Book” by Joe Brainard, “Monk” by Laurent de Wilde, “Lawrence in Arabia: War, Deceit, Imperial Folly, and the Making of the Modern Middle East” by Scott Anderson, “Consider the Lobster and Other Essays” and “Infinite Jest” by David Foster Wallace, “The Flowers of Evil” by Charles Baudelaire, “Up Above the World” by Paul Bowles, and “Amerika” by Franz Kafka.