Máximo Riesgo (Renny Harlin, 1993)

Esto que voy a escribir desmerece al equipo que ha rodado la película (con agravante, además, porque es enteramente responsabilidad suya), pero “se les va de las manos”, porque no me puedo explicar de otra forma por qué lo que comienza como una premisa bastante inane — un clon campestre de Jungla de Cristal; ladrones pierden dinero y obligan a Stallone, montañero traumatizado, a recuperarlo — termina, 26 años después, inspirando el gran final de la última entrega de la franquicia referencial de acción en la acualidad, Misión: Imposible – Fallout.

“Se les va de las manos” porque el contexto ayuda. El director, Renny Harlin, está en pleno apogeo, recién salido de La Jungla 2, como también lo está Stallone, a sus 45 años de edad y en un retorno al género tras sus experimentos cómicos. La acción es el género predominante de principios de década en el blockbuster estadounidense; el ordenador está comenzando a extenderse pero todavía no existe la confianza suficiente en la máquina como para convertirla en un sustitutivo universal. Todo contribuye.

Al margen de dos o tres escenarios de cartón-piedra por motivos logísticos y retoques digitales para integrar a Stallone en el escenario, todo es real. El tío que está colgado de una roca horizontal a 1.000 metros de altura, el tío que cruza de avión a avión, la especialista que debe dejarse caer desde un risco sujetada únicamente por un hilo invisible. Esta vista es real.

Incluso si no estás entonado con las pequeñas idiosincrasias del género — los fatalities, la sangre, las palabrotas, las explosiones, las pullitas — Máximo Riesgo intenta ganarte por otro lado: por la genuina sensación de asombro. “Cómo han rodado esto, de dónde salen estos paisajes, quién es esta gente loca que se cuelga de paredes a una distancia de un rascacielos sobre el suelo. Se suponía que esta película iba a ser una tontería para pasar el rato. Por qué todo se percibe tan grande”.

Porque el tráiler mismo nos avisó. Hay tiros, hay explosiones, hay peleas. Pero por encima de todo: tuvieron las narices de poner a Mozart. A Mozart. No querían hacerlas guais. Querían hacerlas espléndidas.