Jerusalén y el significado de la ciudad

He terminado Jerusalem: A Biography, una historia de la ciudad de Jerusalén de la mano de Simon Sebag Montefiore, tan condensada y rápida en su sucesión de acontecimientos (está construida en forma de breves apartados de tres, cuatro páginas a lo sumo) que se me ha hecho una lectura bastante amena.

Me he quedado con una idea en particular: la transformación de Jerusalén de lugar a símbolo a través de la poesía. Montefiore nos cuenta que, hasta cierto momento de la historia, unos mil años antes de Cristo, Jerusalén goza de importancia por su posición estratégica privilegiada como escala comercial — “Salomón comerciaba con Egipto y Cilicia en especias y oro, y compartía expediciones a Sudán y Somalia con su aliado fenicio, el rey Hiram de Tiro” — y la enorme riqueza que acumuló merced a ello, por mucho que su tamaño fuera más pequeño que otras grandes ciudades de la época, como Babilonia.

Esta riqueza sirvió para sembrar la semilla de la trascendencia simbólica que adquiriría la ciudad y que continúa hasta nuestros días, a partir de los 3.000 proverbios y 1.000 canciones de Salomón y el eco de su templo — “Todas las idealizaciones de Jerusalén, nuevas o antiguas, celestiales o temporales, están basadas en la descripción bíblica de la ciudad de Salomón” –. Pero el responsable de la consolidación de estas visiones fue un hombre llamado Isaías, siglo VIII a.C., estadista, asesor de reyes, poeta, orador y escritor de al menos la primera mitad del libro bíblico que lleva su nombre, quien “dio forma a una idea universal y espiritual de Jerusalén como campeona de los desvalidos”.

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Y así comenzó una especie de anhelo de Jerusalén, “la montaña de la casa del Señor (…) a la que acudirán todas las naciones”, construida sobre metáforas apocalípticas — “el león yacerá con el cordero, y los niños jugarán con serprientes venenosas” — en el Día del Juicio, en forma de una “poesía incandescente que daría forma no solo al Judaísmo, sino también al Cristianismo”. No lo que es, sino lo que será algún día. Un deseo que, relata el autor, ha pervivido sobre reyes, guerreros, sultanes, potentados y presidentes. Y más allá.

(Fun facts: las primeras cien páginas del libro o así están salpicadas de muertes, asesinatos y masacres del día que se lo pidáis, pero ninguno de estos eventos destaca tanto como el fallecimiento de Herodes el Grande tras una larga agonía iniciada por una enfermedad en el riñón que derivó en una gangrena genital. The more you know)

¡Enlaces! A lo largo de las páginas de Jerusalem: A Biography, Montefiore remite a tres libros en particular:

· La Guía de Perplejos, de Maimonides, el gran tratado del filósofo sefardí (1135-1204), y una síntesis de la filosofía aristotélica, las creencias judías y su relación en el desarrollo científico de la Edad Media . Quiere la puñetera casualidad que lo tengo en mi casa, edición de David Gonzalo Maeso, pillado prácticamente al azar en la Casa Árabe de Madrid. Le he dado un par de tientos. Me cuesta. Mucho. Y no por la falta de buena voluntad de su autor, que cada dos páginas reconoce la dificultad del contenido y resalta su carácter didáctico para animar al lector. Es que simplemente no doy para más. Vosotros sí.

· El Seyahatname o Libro de los Viajes. Para el autor, “el relato de viajes más completo de la literatura islámica y, quizás, de la universal”. Diez volúmenes de las aventuras del explorador otomano Evliya Celebi, “El Caballero”, durante el siglo XVII, caracterizadas por su ligereza, apuntes a volapié y carácter semifantástico — Celebi es descrito casi como un trovador — y humor mundano. “No hay guerra santa más grande que el sexo”, escribe.

· Los Diarios de Wasif Jawhariyyeh, el cronista por excelencia de la Jerusalén de la primera mitad del siglo XX. Cuatro volúmenes en forma de manuscrito personal, y siete volúmenes adicionales con una colección fotográfica que abarcaba la vida social, política y cultural de Jerusalén desde 1917 a 1948. En un manuscrito titulado al-Dafatir al-mus iqiyya, Jawariyyeh, músico de profesión, recopiló un inventario completo de las tonadillas en Palestina a principios del siglo XX. Tenéis una condensación de sus memorias en este libro, también autobiográfico, The Storyteller of Jerusalem.