En una entrevista con El Confidencial, Benito Zambrano lamentaba el escaso margen de preparación para la película, en particular por la dificultad que comportaba la falta de tiempo para «metabolizar los temas», pero «España Rural, 1946», te da prácticamente medio trabajo hecho: o huyes — como hace el chaval protagonista — o mueres. Es tan coherente y orgánica la historia que nos cuenta la película que el tema metaboliza solo.
Zambrano y su equipo lo clavan en los primeros cinco minutos, que dedican a enseñarnos la máquina. Esclavismo por la mañana, a la cueva de noche. El antagonista de esta historia es un capataz que viola niños. Se intuye que lo hace como vía de escape que funciona igualmente como mecanismo de sumisión. Es un instrumento de terror. Es su lugar. Eso lo vuelve mucho peor. ¿Simple? Sí. ¿Mentira? No en ese contexto. ¿Quieres reventar a un grupo de personas a coste cero hasta el día que se mueran? Necesitas a gente así.
Fuera de la máquina hay tierra, sol, frío y gente cuyo momento ha pasado. Un tullido atado a una vaca. Muertos en vida. Nuestro protagonista es uno de ellos. Cabrero, antiguo soldado del bando nacional, transformado durante su formación en Marruecos. Participó en el golpe y luego volvió a Rabat. Y de alguna forma acabó regresando a España, a llevar cabras, sin pisar una ciudad. En un momento dado reconoce que es el bueno porque todo lo malo que podía hacer ya lo ha hecho. Le compro todo ésto a Tosar, menos el acento que va y viene.
Es una película tan esquemática — «huye, consigue agua, hay malos en los pozos, consigue comida, paga un precio, sigue huyendo» — que cuando se para casi muere porque no hay nada de lo que conversar. Pero es tan esquemática que se propulsa prácticamente sola. No tiene que ser fácil hacer una de éstas. Tendríamos mil. Parca comenzando por su duración, limada, limada hasta la hora y media. No tiene mucho más que contar. Hay una especie de deseo de perdón y mensaje de conciliación pero cala raro. Quizás Zambrano se refiere a ésto cuando habla de metabolismo. Pero dudo que más tiempo le hubiera ayudado a concretarlo. 1946 es pronto para hablar de absoluciones. Es prontísimo. Vistas las décadas que nos aguardaban después, no es más que medio segundo desde que acabó la guerra.
Hay veces en las que juego a Street Fighter III y me quedo prendado de la animación. Me vuelve loco. Las poses, la dinámica, la energía de cada golpe.
Aquí, Makoto está de acuerdo.
Sin ningúna intención de ir a la guerra en cuanto a estilos se refiere — a donde sí va el artista Blake Reynolds –, por edad y nostalgia soy un enamorado de la animación en dos dimensiones. Lo que me lleva a este amplio artículo de la difunta VGDesentsu (aquí, un listado completo de su contenido) sobre la historia del diseño de gráficos 2D en la industria japonesa de los videojuegos. La era hexadecimal, el dibujo manual en ordenador, los escáneres y el modelado previo en 3D.
Todavía vigente hoy, gracias al trabajo de desarrolladores como Arc System Works, responsables de Guilty Gear y Dragon Ball FighterZ. ¿Su trabajo? Luchar contra la perfección, y capturar los «errores» de la animación tradicional frente a los automatismos de los sistemas actuales.
PD: Richmond Lee, conocido en Twitter como Art-Eater, tiene hilos ultrarrecomendables sobre tanto Street Fighter III como la animación en juegos de lucha clásicos, en general.
¿Quién es capaz de identificar a una persona que no conoce de nada como un potencial terrorista suicida? Jack Reacher. ¿Quién afirma que «solo conoce relativamente» Nueva York pero se sabe los hoteles donde puedes sobornar al portero para dormir de gratis? Jack Reacher. ¿Quién lucha a cuchillo simultáneamente no contra uno sino contra DOS líderes de Al Qaeda en calzoncillos? Jack Reacher.
Es Gone Tomorrow, novela número, no sé, 53 de la serie que me pillé de manera completamente random porque tenía hambre de Reacher, y Reacher me ha puesto un menú de cinco estrellas con operaciones secretas en Afganistán, un vademécum de pistolas con silenciador por si alguna vez tengo que asaltar un piso franco yihadista y sus diálogos marca de la casa , consistentes fundamentalmente en que Jack Reacher se limita a convencer a un personaje, cualquiera, de que resolvió el caso en la dedicatoria del libro y solo es cuestión de hacerle caso.
PD: Número de personajes femeninos inicialmente recelosas de nuestro protagonista que acaban tirándole sus bragas a la cara en la página 200: Uno.
«Almost everything you think you know about Aladdin is wrong».Un ensayo de la periodista Iman Sultan sobre las Mil y una Noches, su pervivencia en la cultura islámica a través del relato infantil y de la tradición oral, y las transformaciones que experimentó con su adaptación animada en 1992.
Este artículo fue publicado originalmente el 23 de octubre de 2017
La verdad es que nadie quería distribuir una película como
Monterey Pop. Creían que era demasiado amateur. Creían que era… casera.
Y, sin embargo, el mayor elogio que he recibido me lo dedicó un niño de
Texas tras ver mi anterior documental sobre Bob Dylan. ‘Es como un vídeo
rodado por niños. No parece una película’, me dijo. Tenía toda la
razón.”
Un año después del estreno de Monterey Pop, Jean-Luc Godard se puso en contacto con sus dos máximos responsables, D.A. Pennebaker y Richard Leacock para rodar una película, que nunca terminó, titulada One A.M. Una película que estaría construida en torno a una electrizante actuación en vivo de la banda Jefferson Airplane, metraje que afortunadamente ha llegado hasta nuestros días, en el tejado del hotel Schuyler de Nueva York, y que finalmente fue cancelada por la actuación de la Policía. Un año después, Los Beatles repetirían la faena sobre la sede de Apple Corps al ritmo de Get Back, en un momento icónico que introduciría definitivamente la cultura audiovisual en la era de la inmediatez — artistas cogen sus trastos, se van a la calle, una multitud comienza a arremolinarse, sorprendida, y una cámara lo graba todo, de principio a fin –.
Monterey Pop no fue el primer documental-concierto americano. No fue la primera representación en vivo de un artista con sonido sincronizado. No fue la primera expresión de un género documental del que vamos a hablar aquí largo y tendido, como es el Direct Cinema, ni la primera película en hacer de la captación de la realidad su bandera. Pero sí fue la primera que aunó todas estas características; una obra que concentró 15 años de avances técnicos y de transformaciones sociales, una que demostró que el cine era capaz de adaptarse al incremento de la velocidad experimentada por los residentes del planeta en la década de los años 60, y sobre la que germinó la explosión experimentada por la cultura internacional en la década siguiente. Es “propósito, innovación y exhuberancia combinados en un concierto de rock en el norte de California, donde se enfatizan los momentos extraordinarios de las actuaciones y la interacción con la audiencia. ‘Gente en movimiento’ dejó de convertirse en una expresión evocadora para convertirse en una estética”.
EN EL PRINCIPIO
Como evento, el concierto de Monterey — para no liaros, voy a llamar Monterey Pop al documental — fue bastante, bastante importante. No fue el primer festival de música, ni mucho menos,
pero sí uno cuyo impacto cultural quedará para el recuerdo. Los días
del 16 al 18 de junio de 1967, en el comienzo del Verano del Amor,
vieron la primera gran aparición pública en Estados Unidos de Jimi
Hendrix, de The Who, de Ravi Shankar, así como el primer concierto
multitudinario de Janis Joplin y la presentación de Otis Redding ante
las masas. Fue un éxito de asistencia y, sobre todo, un éxito de
organización cuya plantilla rescataría el festival de Woodstock, el
considerado como definitivo a este efecto.
Sucedía, no obstante, que el cine no terminaba de ponerse a la
altura. Por decirlo de otra manera, antes de Monterey existieron
muchísimos más festivales de música que documentales de festivales, por
mucho que los inicios de este género se remonten a casi una década
antes. Si hay un origen (algo que siempre es difícil de determinar),
existe en el Festival de Jazz de Newport, en 1958. Allí, el cineasta
Brent Stern fue el responsable de rodar las actuaciones de Anita O’Day,
Thelonius Monk y una decena de otros artistas. Es un
documental-concierto excepcional no solo por tratarse de los primeros,
sino por incorporar un estilo que Pennebaker potenciaría diez años
después: una obra centrada tanto en las interpretaciones de los artistas
como las reacciones de los asistentes como en la realidad donde
transcurre un festival donde la audiencia negra llegó en autobuses
separados y entró al escenario por una puerta diferente al del público
blanco.
El problema es que, técnicamente hablando, Jazz on a Summer Day,
el título del documental, fue un dolor de cabeza. Fue rodado con cinco
cámaras y grabadoras separadas de audio de cuatro pistas sin
sincronizar, lo que provocó tal caos durante la mezcla final de imagen y
sonido que el director musical George Avakian acabó recibiendo crédito
de director junto a Stern. La intención estaba ahí, pero el muro técnico
era evidente, por mucho que las soluciones estuvieran al alcance.
Tanto, que tenemos que remontarnos cinco años antes, a 1953, para hablar de la figura del cineasta neoyorquino Morris Engel y de su película Little Fugitive, rodada en Brooklyn con una cámara en mano de 35mm diseñada por el propio director y fotógrafo. La extraordinaria libertad para rodar que le confirió el uso de esta cámara portátil acabaría convirtiéndose en eje trascendental de la Nouvelle Vague francesa, hasta el punto de que uno de sus máximos exponentes, François Truffaut, le acreditó personalmente como gran impulsor de este movimiento. “Fue este joven americano quien nos enseñó el camino hacia la producción independiente”, recordó el director francés.
La influencia de Engel fue tan grande que generó no una, sino dos
vertientes cinematográficas que fueron creciendo conforme el propio
Engel añadía más ventajas de transporte a su equipo. Cinco años después,
para su película Weddings and Babies, introdujo una innovación
excepcional: audio y vídeo sincronizados a través de un diapasón. Fue
este modelo el que cayó en manos de D.A. Pennebaker y su colaborador
Richard Leacock. Un apunte sobre este último. Director británico,
asociado estrechamente al origen mismo del cine documental como
asistente de Robert Flaherty — responsable de Nanuk el Esquimal,
el primer documental de la historia del cine –, Leacock entregó la
cámara a uno de sus socios, Fons Ianelli, quien la readaptó a una cámara
portátil de 16 mm, con un mecanismo de enlace con un grabador. El
cable, de momento, era un problema. Tardaría un poco en dejar de serlo.
Sin embargo, el sonido sincronizado ya estaba dejándose sentir a ambos lados del Atlántico para dar lugar a dos géneros unidos por la técnica, amigos por la intención, rivales en los matices. En Estados Unidos nos encontramos con el Direct Cinema, en Francia — y en la Canadá francófona, por proximidad –, el Cinema Verité. Para el historiador norteamericano Erik Barnow, la diferencia fundamental residía en la aproximación. “En el cine directo, el artista aspira a ser invisible, el transeúnte observador. En el cinema verité, el artista es un participante comprometido, una especie de provocador de acontecimientos”, apunta Barnow, una idea con la que coincidiría Pennebaker cuando cruzó el charco en 1963 y la película Crónica de un Verano, estaba partiendo la pana. Rodada en 1960, es un experimento del director y etnógrafo Jean Rouch y del sociólogo y filósofo Edgar Morin, quienes pretendían describir la vida diaria de un grupo de jóvenes parisinos con el telón de fondo de la guerra de Argelia y los procesos de descolonización.
Quería la historia que la película de Rouch y Morin comenzara a rodar justo un mes después que Pennebaker y Leacock terminaran la fotografía principal de Primary, un relato de la carrera del entonces senador John Fitzgerald Kennedy a la Casa Blanca. Crónica de un Verano y Primary están unidas por la cámara portátil, por el sonido sincronizado y por su voluntad política, pero la diferencia entre ambas es evidente cuando nos damos cuenta de que Rouch y Morin son participantes activos. Por poner un ejemplo más concreto, el director de fotografía John Bailey, en el blog de la American Society of Cinematographers, recuerda un momento especial de Primary en el que uno de los cámaras Albert Maysles — que rodaría una de las películas más extraordinarias del cine, una de las cumbres del género documental y el particular El Desencanto norteamericano, Grey Gardens — “ejecuta una asombrosa toma de 85 segundos siguiendo a Kennedy mientras éste avanza por una multitud de simpatizantes durante una visita a Milwaukee. Maysles lleva la cámara en mano, a través de la gente, hasta el escenario, mientras los periodistas están clavados en el suelo por culpa de su trípode”. Aquí, a partir de los 23”.
Es por ello que cuando Pennebaker asiste en 1963 a una proyección de Crónica de un Verano,
su desafecto es palpable. “La verdad es que me sorprendió ver a esta
gente del Cinema Verité con el micrófono en mano, acosando a gente. Mi
objetivo, por contra, era el de capturar la vida real sin meterme en
ella. Estaba claro que entre nosotros había una contradicción. No tenía
sentido. Iban con un cámara, con un sonidista y con otras seis personas
más: ocho apareciendo en cada escena. Parecía un poco el camarote de los
hermanos Marx”, explicó después. Una de esas personas era nada menos
que el legendario director de fotografía de Godard y Truffaut, Raoul
Coutard. Otro era el director canadiense Michel Brault, otro de los
padres, precisamente, del Direct Cinema. Todo está conectado.
Perdonad el rodeo — y la simplificación de dos movimientos con tantos puntos en común que tarde o temprano nos encontramos con obras donde es difícil distinguirlos — pero es importante explicar que gracias a los avances de los técnicos, a la pasión de los artistas y al interés de los divulgadores, para cuando llegan los años 60 estamos en un momento en el que el cine ya vive a la velocidad de la realidad. A principios de los 60, con la ayuda de Robert Drew, del magacín Time, y gracias a la aparición de los transistores — que por primera vez nos ofrecían la posibilidad de usar amplificadores y baterías –, Pennebaker y Leacock encargaron al ingeniero Mitch Bogdanovich que modificara una cámara Auricon Filmagnetic. Don’t Look Back, documental rodado por Pennebaker un año antes con Bob Dylan (ambos, en la foto), fue la prueba de fuego.
Así, Bogdanovich ideó una carcasa de aluminio para aligerar la
cámara, mientras que Leacock adaptó unas grabadoras a batería de
reciente aparición que sincronizó con la cámara, primero por cable y
después sin él, empleando el mecanismo de los nuevos relojes
electrónicos Bulova, desembocaron en un aparato portátil que permitía,
por encima de todo, la posiblidad in situ sin cables de por medio. Y de
entre esas grabadoras a batería destaca, por encima de todas, la mítica
Nagra, ideada por Stefan Kudelski y una maravilla de portabilidad, un
trasto que te puedes colgar del hombro, dar la vuelta,
tirarlo por un barranco sin que la grabación resulte lo más mínimo
alterada. Es con este equipo con el que Pennebaker parte a California.
“Penny (Pennebaker) me entrega una Nagra. Me gustan las máquinas y
esta es sencilla. Vigila el vúmetro, no dejes que la aguja llegue al
rojo o tendremos distorsión. Intenta que el micro no aparezca en los
planos. Penny se abstiene de contarme que la Nagra vale miles de
dólares”.
“El cámara ya no está unido a un trípode y la nagra contiene
generadores de pulso sincronizado que elminan la necesidad de un cable
que conecte cámara y grabador. Al principio de cada toma, el cámara se
vuelve al grabador, el grabador pulsa un botón en la Nagra. Se enciende
un piloto en la correa de hombro de la grabadora, y al mismo tiempo
suena un pitido en la cinta. Voila! En la sala de montaje, lo único que
tienes que hacer es sincronizar la luz de la Nagra que aparece en la
película con el pitido de la cinta. Y a tirar”.
“Ahora cámara y sonidista pueden moverse independientemente,
pueden grabar desde cualquier ángulo y puede colocar el micro cerca de
la fuente. Sin que los cables molesten”.
“Filmamos a hippies sonrientes que levantan tiendas que se
convertiran en un show de psicodelia, con desfiles improvisados de moda,
con velas aromáticas y bagatelas”.
“Penny sigue sus instintos, no tiene posición fija. Rodará desde
los bordes, desde los amplificadores o desde donde le lleve el espíritu.
Robert Neuwirth es el asesor estético. Su destino es el de estar al
loro con los tiempos y de intuir cuánto tendrá lugar un momento
memorable. Es el arbitro del hip. Cuando a Penny le emociona un número
musical, lo graba. El resto se lo deja a Bob”.
“Me da igual si te rompes una pierna”, le dice Penny a Albert.
“Haz lo que tengas que hacer. Tenemos que grabarla. Janis es la base de
toda la película”.
Es curioso cómo el libre rodaje de Monterey Pop contrastó con las mil
y una ataduras de las que fue objeto la organización del propio
festival. El fundador de la Rolling Stone, Jann Wenner,describió aquíla
“lucha inhumana entre una colección vestigial de funcionarios contra
una ciudadanía que nunca les había elegido y que se mostraba a favor de
la música como mínimo; y de la ética, en el mejor de los casos, de la
juventud”. Pero una vez en marcha, Pennebaker y su equipo se dedicaron a
hacer dos cosas: moverse y rodar.
“Lo cierto es que nunca marcamos ni posiciones específicas ni tipos
de plano. Dejé que todo el mundo decidiera por sí mismo: planos detalle,
angulares, lo que fuera Y eliminamos el gran plano del escenario, el
plano de protección. No tenía sentido, en especial en televisión.
Grabamos el sonido en ocho pistas y establecimos un volumen para cada
pista sin preocuparnos de las mezclas. Mientras no sobrecargara las
pistas, podría mezclarlas como quisiera”.
Y rodaron. “Unos 1.200 pies de película por cargador para las dos cámaras del escenario, para rodar cuanta más música mejor y que la recarga no supusiera un problema, y 400 pies para las cámaras de a pie”, recuerda Pennebaker. 1.200 pies que se hicieron imprescindibles para captar en su totalidad el clímax del concierto de Ravi Shankar y la extasiada reacción del público. “Con todos estos elementos”, dice Richard Barsam, “el trabajo de cámara es más íntimo, incrementa la relación entre realizador, sujeto y espectador, la grabadora capta sonido ambiente que incrementa la sensación de realidad, los planos son largos, el orden cronológico sustituye al dramático. “Observadores”, explica Leacock. “Que en ocasiones descubren el drama una vez que lo han rodado”.
Hay una sensación de “dejar las cosas fluir”. Pennebaker lo recordó años después, preguntado por el uso del color y los problemas de iluminación. “Rodamos con una película 7242 Reversal Ektachrome a 500 ASA para permitirnos rodar en condiciones muy oscuras… pero, mire, cosas como el balance de blancos (un, hoy en día, imprescindible mecanismo de corrección ambiental) es algo que procede de la superelegancia que acompaña al concepto “Película de Hollywood” y que ha venido alimentado por la publicidad o el cine industrial. Parece que si las caras no coinciden, o si los colores no coinciden, la gente va a montar en cólera. Y el caso es que Cezanne puso punto y final a ese debate hace cien años. No me preocupa el exceso. Me preocupa cómo lo utilizas. El color es como el sonido. No hay leyes que te digan que puedes o no puedes usar tal color. Y nunca me preocupó la organización. Cuando no estábamos rodando las actuaciones, estábamos rodando algo constructivo e interesante. Cuando vas a un concierto, lo más probable es que acabes sentándote a 50 metros del artista. Lo que realmente quieres es estar a un metro de él. Y eso es lo que intentamos hacer”.
“Y por eso, cuando The Who destrozaron sus guitarras sobre el escenario, cosa que ya habían hecho antes, cosa que ya sabía que iban a hacer, estaba preparado para ello. Una buena película soluciona sus propios problemas. A una mala película no le importa nada“.
Solo desde esa perspectiva puedo entender mi momento favorito de Monterey Pop: el I’ve Been Loving You de Otis Redding y lo que sucede a partir del 1’55, cuando el documental nos presenta un plano de perfil de un hombre que fallecería seis meses después, con solo 26 años, en un momento en el que acababa de destruir sus límites para convertirse en un cantante de folk-soul. La cámara descubre la silueta de Redding frente a un foco y nunca la abandona, por mucho que cuando el artista se mueva la luz nos ciegue los ojos. Pennebaker y su gente están dispuestos a canjear emoción por epilepsia y el resultado es asombroso.
El de Redding fue uno de los grandes momentos de un festival caracterizado por la sublime interpretación de Ball and Chain de Janis Joplin o por la guitarra en llamas de Hendrix. Pero lo importante es que estos momentos fueron captados para la posteridad con una inmediatez que consiguen que el espectador perciba aunque solo sea una décima parte de la energía de un concierto en vivo y del mundo en el que se desenvuelve.
Y fue un relativo fracaso: el rodaje fue una iniciativa de ABC TV y de uno de los nombres más importantes del cine estadounidense de los 70, el entonces productor de televisión Bob Rafelson, por el que la cadena adelantó 200.000 dólares a Pennebaker y a su equipo dada la fama que adquirieron rodando antes el documental Don’t Look Back de Bob Dylan. ABC acabó desentendiéndose del proyecto no por falta de profesionalidad del material, sino por su contenido. “Recuerdo que le enseñamos el metraje a Tom Moore, presidente de la ABC, un caballero sureño, muy conservador”, recuerda Lou Adler, uno de los dos productores del concierto junto a John Phillips, de Mammas and the Pappas. “Total, que cundo vio a Hendrix follándose a un amplificador nos dijo ‘Quedáos con el dinero y largáos. En mi cadena, no”.
La intersección definitiva de los tres grandes temas de la filmografía de Martin Scorsese, por orden de menos a más en introspección e importancia: el crimen, la alienación y Dios. Sobre el papel, parece un brindis al sol de su director en una estructura que domina como nadie: el enésimo episodio de la incidencia de la Mafia italiana en la historia de Estados Unidos — esta vez a través de la caída de los sindicatos como superpotencia de la economía norteamericana –. La diferencia es que aquí, por vez primera, emite un juicio moral sobre su protagonista, el asesino responsable de ese colapso, al que básicamente se dedica a aniquilar por sus pecados durante los últimos sesenta minutos de película hasta tal punto que ni siquiera le concede la mísera gracia de morir cagando con 80 años, medio ciego, empastillado y sin cadera izquierda.
Creo que Scorsese ha perdido compasión con los años. Creo que hace dos décadas el director habría mirado con más simpatía al campechano que es Frank Sheeran, en su tradición de enlazar las culturas italiana e irlandesa como aliadas históricas. Hoy, apenas puede esconderme a este criminal bajo la fachada de un currito amable «Don Síseñor», que se ampara en la buena vida y su devoción a la omertà, un código de silencio que su protagonista observa con orgullo, sin darse cuenta hasta el último momento de que no es más que un vacío espiritual y un vehículo de represión familiar por el que «si yo no hablo, el resto os pudrís conmigo», para soslayar sus múltiples traiciones — a su mujer, a sus hijas y a su clase trabajadora — e ignorar el terrible dolor que provoca. Es una posición tan inestable, unas excusas tan mierdas, que solo hace falta un roce con la conciencia para que en él detone una descomposición física y moral como nunca he visto antes en el cine de su realizador, porque Scorsese tiene 77 palos y se ha dado cuenta de que hay que poner la casa en orden por si tiene que cerrar en algún momento.
«Te jodes pero pagas», como decía Ray Liotta en Uno de los Nuestros. Cada día que pasa estoy cada vez más convencido del punto de inflexión que ha supuesto y va a suponer Silencio en su filmografía, el trampolín que necesitaba para reinventarse una vez más y pasar los últimos años de su vida purificado como un estoico católico ultraortodoxo de tomo y lomo, de los que tiran el penalti mientras susurran un Padrenuestro para que entre la bola porque Dios es el juez último de todas las cosas.
Se ha dicho de The Irishman que es «crepuscular» pero, por acudir al referente contemporáneo en estos casos, no me imagino un Sin Perdón: Redux que dedique su media hora final a enseñarnos como William Munny agoniza de triquinosis. Se ha destacado también que es la más austera dentro de su cuarteto de películas criminales pero esta contención funciona como servicio y contrapunto de la película más ambiciosa en temas y desarrollo de todas ellas, una historia de recuerdos dentro de recuerdos. Lo que comienza con una confesión se transforma en un viaje por carretera (hola, Fresas Salvajes) que nos lleva a su vez a la descripción del grosero final de una era americana y del hombre que la ha moldeado. Lo que yo quiero resaltar es que me parece la más valiente de todas en cuanto a su comprensión general del arte como espada y escudo frente a la mayor adversidad de todas: Scorsese y De Niro miran cara a cara al horroroso escenario que es hacerse viejo y quedarte solo uno mismo y las toneladas de mierda que llevas encima — sin familia, sin cuerpo, sin mente, ni honor — en un arrebato final de talento con cero titubeos, cogidos de la mano y en un puñetero halo de gloria, como está mandado.
Es triste, es psicotrópico y es muy hermoso. Y la producción es maravillosa. Cascos casi obligatorios. Aquí os dejo el enlace de descarga directa (13,5 mb, .mp3)
***Muy hermoso, muy bonito y muy tierno, pero la ayahuasca está siendo objeto de estudio. El Salto publica una investigación del Hospital Sant Pau de Barcelona sobre sus efectos, indicaciones y contraindicaciones, por si queréis saber más.
Gracias a la temporada 2 de la serie Abstract, de Netflix, he descubierto al artista y diseñador islandés Olafur Eliasson. Cabe la posibilidad de que conozcáis su obra sin saber su nombre, porque me ocurrió a mí hace bastante tiempo, cuando los telediarios comenzaron a circular una majestuosa instalación que realizó en el Museo Nacional de Arte Moderno de Reino Unido: su sol artificial conocido como The Weather Project.
Desde que le descubrí en la serie estoy bastante interesado en otros proyectos que ha ido desarrollando a lo largo de los años, en particular los relacionados con las ilusiones ópticas y cuestiones humanitarias, como Little Sun, una lámpara que se carga en cuestión de minutos con energía solar. Cuesta 25 euros. Por cada una que se compra, otra llega gratis a una comunidad rural de África.
Su web contiene imágenes de todos sus proyectos, arquitectónicos incluidos. Son bastante asombrosos. Su «espejo lento» me sigue flipando.
O su cascada en Nueva York, presupuestada en 15 millones de dólares. 5.900 metros cuadrados de andamio y 270 toneladas de peso para una construcción que necesitó de la intervención de más de un centenar de empleados.
O Fjordenhus , levantado en el fiordo de Vejle, en Dinamarca, y que sirve de sede de operaciones al holding KirkKapital (Fun fact: liderado por los descendientes del fundador de LEGO). Solo el piso inferior está abierto al público.
Fans de The Warriors (¿habrá alguien que no lo sea?), ésto podría interesaros. El Village Voice ha rescatado Coney Island Outlaws: Life Under the Boardwalk, un reportaje publicado en febrero de 1977 por Michael Daly con fotos de James Hamilton, sobre las bandas de Coney Island — el hogar de los protagonistas de la novela original de Sol Yurick y de la extraordinaria adaptación de Walter Hill –.
Me habría encantado decir que es la clase de artículo que uno podría escuchar con la BSO de fondo pero la realidad — vista desde la perspectiva del joven protagonista del artículo, Outlaw — es que, para cuando Hill estrenó la película, la comunidad de la zona ya había quedado extinta, como anticipó la novela de 1965, hace mucho tiempo.
Si acaso, leedlo por la descripción de la violencia territorial entre las bandas que poblaban el lugar — algo que realmente comparte con novela y película –, y sus efectos en sus integrantes.
PD: El guion de la película (.pdf, 135pgs.) Walter Hill tenía un demonio dentro de su cabeza, atado con correa, que de vez en cuando sacaba a escribir. Como imagino que sabréis, todo el material es una actualización del relato de la Anábasis, y la primera página del libreto de esta obra maestra lo deja bien a las claras.
Y música para terminar. Lankum. Folk irlandés. MUY folk, y MUY irlandés. Han sacado hace nada su último disco, The Livelong Day. El primer single, abajo.
Este artículo fue publicado originalmente el 15 de diciembre de 2015
De entre todas las historias que The Wire me contó a lo largo de sus cinco temporadas, Hamsterdam es mi favorita. Se trata de una trama que abarca prácticamente la totalidad de la tercera temporada, y la primera y última vez que The Wire, una serie aplaudida por su minuciosa descripción de las dinámicas sociales de la ciudad estadounidense de Baltimore a partir de la interminable batalla entre policías y criminales, se atrevió a plantear un escenario especulativo: la creación de un entorno — una pequeña zona de tres, cuatro manzanas en el oeste de la ciudad –, aprobado por los niveles más locales de la Policía, pero con el desconocimiento de las más altas esferas, donde los narcotraficantes podrían distribuir su producto sin intervención de las fuerzas de la ley. Un nuevo modelo de negocio que, inesperadamente, comienza a arrojar unos sorprendentes niveles de reducción de violencia, y resultados beneficiosos para el resto de la comunidad.
Por reiterarlo: Hamsterdam nunca existió. Se trata de un deseo nunca cumplido de los creadores de The Wire, David Simon y Ed Burns, que llevaban una década jugueteando con la idea, que terminó fructificando en una trama donde, por primera y última vez, The Wire parece escaparse de sus manos y deja de explicarnos el presente para anticiparnos un futuro. Si la realidad marca las reglas de The Wire, Hamsterdam fue la única vez que se atrevieron a estirar el límite, y lo hicieron respetando los fundamentos espirituales de la serie. Hamsterdam es la historia de una idea desde las bases de la sociedad que desemboca en tragedia silenciosa en contacto con las altas autoridades. A priori como otras tantas que maneja la serie, pero que aquí, por su ambición, coraje y optimismo iniciales, resulta doblemente dolorosa.
EL ACUERDO DE LA BOLSA DE PAPEL
La idea de Hamsterdam — al más puro estilo costumbrista, el nombre
parte de una mala interpretación que los vecinos hacen de la ciudad
holandesa de Ámsterdam — comenzó en 1997, unos siete años antes de su
aparición televisiva. Lo hizo en el libro The Corner (junto a Homicidio,
ambos de Burns y Simon, los dos pilares literarios que sustentan The
Wire) con una sencilla comparación: “No hay una ‘bolsa de papel’ para
las drogas”.
El planteamiento es el siguiente: la bolsa de papel habitualmente empleada en Estados Unidos para ocultar las bebidas alcohólicas a vista de todos (un momento de “genio silencioso”, como lo describen) es una especie de compromiso social que permite al bebedor conservar su bebida y al agente de Policía conservar un cierto respeto. Al Gobierno, le permitía, “reorientar sus recursos a aspectos más esenciales” que la persecución de bebedores.
Simon y Burns son los primeros en reconocer que este “pacto tácito” es literalmente inaplicable en la lucha contra el crack. Lo que intentan, en su lugar, es buscar un equivalente. “Sin ‘bolsa de papel’ para las drogas”, explican, “la violencia se convierte en la única línea de acción para la Policía y para los objetivos de su trabajo. No va a reducir la adicción, no va a arrebatar beneficios y no va a mitigar el desastre que supone perder una sola vida a manos de los narcóticos, pero podría servir para rescatar tanto a los policías como a sus presas de sus peores excesos”.
Podéis leer la reflexión entera aquí — a partir del final de la página —
“Hamsterdam”, explica Simon en el audiocomentario del tercer episodio de la tercera temporada de The Wire, “es una especie de sistema de prioritización social y política, donde alcanzas una especie de acuerdo con un problema social en lugar de controlarlo”. Hay que decir que la palabra en inglés que emplea Simon es “triage”, un término médico aparecido en las guerras napoleónicas que sirve para diferenciar la gravedad de los tres tipos de heridos en el campo de batalla: quienes probablemente vivirán sin necesidad de cuidados inmediatos, quienes probablemente morirán sin ellos, y por último y más importante para el tema que nos ocupa: aquellos para los que un cuidado inmediato podría representar una diferencia positiva de cara a si viven o mueren.
AUSENCIA DE NEGATIVO
Siete años después, David Simon representaría esta reflexión en la
figura del principal protagonista de Hamsterdam: el gentil veterano
mayor de Policía Howard “Bunny” Colvin (interpretado por el actor Robert
Wisdom), quien decide impulsar la iniciativa. Colvin es un constructo
ideal, en este sentido.
Primero por rango, al conocer de primera mano las necesidades de la
población y, simultáneamente, engañar a sus superiores sobre sus
verdaderas intenciones al tratarse de un enlace directo con el
Ayuntamiento. Una combinación ideal de poder y capacidad de maniobra que
se ve impulsado a actuar después de que uno de sus agentes sobreviva
milagrosamente a un tiroteo con narcotraficantes. “No he perdido a
nadie”, confiesa en una escena al recientemente fallecido Melvin
Williams, una de las figuras reales en las que se inspira la serie. “Eso
es lo mejor, supongo. La ausencia de un negativo”.
Colvin, a pocos años de jubilarse pero con el vigor y la nobleza suficiente como para no dejarse arrastrar en sus últimos años, se convierte en el primer y último “alcalde” de Hamsterdam. Y los objetos que emplea para explicar sus intenciones a sus subordinados son una botella y una bolsa de papel. A pesar de las reticencias de sus hombres — que temen convertirse en el hazmerreír del barrio — Hamsterdam tiene luz verde.
“Es una especie de ‘último hurra’”, explica el novelista Richard Price, responsable del guión del segundo episodio. “Pero también en un momento en el que The Wire comienza a planear una utopía, que inevitablemente acaba convirtiéndose en una distopía, en un futuro trágico”.
EL LUGAR
“Tenía que ser un lugar con una densidad de población muy baja”, explica Price. Los responsables de la serie, además, hacen especial hincapié en un segundo factor: sea cual sea el lugar elegido no puede haber ninguna escuela en los alrededores. Sumando ambos factores, la primera fase de Hamsterdam se levanta en el distrito Oeste, al sur de West North Avenue, entre las calles de North Smallwood y North Payson.
No obstante, los responsables de The Wire representaron Hamsterdam en el distrito Este de la ciudad, por motivos logísticos, más concretamente en East Lafayette. Podéis navegar aquí por la zona, aunque hoy en día carece de sentido: la mayor parte de los edificios fueron derribados, aunque algunos, como la iglesia, permanecen en pie y aparecieron en la serie.
El lugar elegido por Colvin se corresponde con las premisas iniciales. Hamsterdam es declarado en la zona de color más claro que véis en la imagen inferior, con una densidad de población bastante inferior a la media y a unas diez manzanas de la escuela más próxima (Steuart Hill).
AUGE Y CAÍDA DE HAMSTERDAM
“¿Por qué cojones teníais que ir y tocar los huevos al programa?” – Fruit
Fruit (Brandon Fobbs) no termina de entender el motivo por el que
tanto él como el resto de sus compañeros narcotraficantes son obligados a
desplazarse a estas manzanas. Es una preocupación que comparte David
Simon, quien asume desde el principio que Hamsterdam no es, en modo
alguno, una solución al problema. Pero el impacto de esta acción social
comienza a ser inesperadamente positivo, y no son pocos quienes en la
vida real comienzan a preguntarse si esta táctica podría tener una
traducción. “Hamsterdam”, apunta
el abogado Lance McMillan en la Washington and Lee Law Review, “puede
enseñarnos que la regulación, y no la prohibición, podría representar
los mercados negros, destinados a llenar el vacío creado por
prohibiciones; mercados que transforman problemas de regulación en
problemas de violencia”.
McMillan no es el único que se lo plantea. Shirin Deylami y Jonathan Havercroft, en su libro Politics and The Wire, describen lo que sucede a continuación durante los primeros y gloriosos días. La legalización de facto del mercado de narcóticos y la ausencia de presión policial convierte Hamsterdam en un oasis para los compradores. El fin de las incautaciones de droga revierte en el suministro constante de narcóticos. El suministro constante impide variaciones al alza de los precios de las dosis y sumando todos estos factores, el número de delitos violentos en su distrito Oeste desciende, exactamente y tal como Colvin explica a sus superiores, un 14% (para hacerse una idea, el número de delitos violentos en Baltimore descendió en 2014 un 5%).
A todo ello hay que añadir que el distrito comienza a experimentar un
“renacimiento social”. En lo que posiblemente se trata de los pasajes
más bucólicos de la serie, trabajadores sociales entran libremente en
Hamsterdam para distribuir jeringuillas limpias, condones y realizar
pruebas de VIH y otras enfermedades de transmisión asociadas a la
drogodependencia, mientras los vecinos de la zona vuelven a salir de sus
casas para disfrutar del aire libre.
Pero el experimento social de Simon y Burns acaba derrumbándose por
una combinación de factores que encontramos dentro de la propia serie.
“Al más puro estilo The Wire”, explican
Arin Keeble e Ivan Stacy em la colección de ensayos The Wire and
America’s Dark Corners: Critical Essays, “Hamsterdam no ofrece una
respuesta moral”. Dicho de otro modo, no pretende imponer un modelo de
comportamiento. Y como suele suceder en la narrativa de la serie, la
destrucción del sueño de Colvin sucede a través de pequeños incidentes
de carácter acumulativo que culminan en un verdadero sindiós: un
asesinato prácticamente accidental dentro de la “zona libre” obliga a
los agentes a mover el cadáver fuera de las fronteras de Hamsterdam.
Esta alteración del balance de fallecidos en el distrito es la gota que
colma el vaso de uno de los policías más mercuriales, quien desvela la
existencia de la zona al Baltimore Sun, lo que a su vez revierte en la
condena inmediata de los políticos, incapaces de aceptar el compromiso
que supone una tregua contra las drogas. Colvin es reprendido duramente
por sus superiores y su carrera queda por finalizada en público.
“Bunny, pedazo de chupapollas”, le espeta en privado su superior, William Rawls (John Doman), con su florido lenguaje habitual. “Tengo que reconocerlo. Una idea brillante. De locos e ilegal, pero brillante de cojones, de todas formas. Es una jodida lástima que vaya a acabar con nuestras carreras, pero aun así”.
HASTA HOY
Sin embargo, la premisa de Hamsterdam no ha quedado en el olvido. Sin
ir más lejos, en abril de este año, Sati Knafo, de City Lab, llamó nuestra atención
sobre una iniciativa de la Policía de Seattle llamada Distracción
Asistida por las Fuerzas de la Ley (LEAD, por sus siglas en inglés). El
experimento tuvo lugar en el barrio de Belltown, uno de los mayores
mercados de droga de la ciudad. Sin llegar al nivel extremo de
permisividad exhibido en The Wire, la Policía contempló una
solución alternativa a las detenciones de narcotraficantes, por la que
se daba a los camellos la opción de cumpir un programa de servicios
sociales por el que se le ofrece la posibilidad de conmutar
inmediatamente su arresto y una serie de ayudas siempre y cuando se
comprometa a recibir a un asistente social dos veces el primer mes. Los
participantes en el programa — todavía bajo investigación — han
demostrado hasta el momento un 58 por ciento de probabilidades menos de
ser arrestados en delitos posteriores.
Es un programa, reconocen sus responsables, extremadamente caro y
extremadamente personalizado, pero lo realmente interesante es que fue
aprobado gracias a un compromiso social no muy diferente al de la bolsa
que cubría la botella de alcohol: el alcanzado por la Fiscalía, por la
Policía y por la Asociación de Defensores Públicos de Seattle, en
particular gracias a las reuniones mantenidas por la presidenta de una
unidad especial de esta última asociación, Lisa Daugaard, y el ex
capitán del departamento de Narcóticos Steve Brown, uno de los mayores
críticos iniciales del programa, y finalmente uno de sus mayores
partidarios. Al término del proyecto — que también ha comenzado a
aplicarse en Santa Fe, Nuevo México — Brown entregó a Daugaard la serie
completa de The Wire, como reconocimiento.
La tercera temporada de The Wire termina con una escena en los escombros de Hamsterdam que reúne por vez primera a Colvin con Bubbles, uno de los personajes más reconocibles de la serie, el drogodependiente que pulula entre las trincheras de la guerra contra las drogas, y ocasional voz de la sabiduría popular del barrio. Colvin y Bubbles entablan una conversación sin respuestas. “Antes venías aquí, te chutabas, y la Policía te dejaba en paz”, reflexiona Bubbles. Lo dice con nostalgia. Esta es toda la moraleja que The Wire acaba ofreciendo sobre la única ocasión en la que intentó empezar a pensar en cambiar el mundo.
Basta pasarse unos minutos por la cuenta de Twitter del director Christopher McQuarrie para darse cuenta de que es una de las más instructivas y apasionadas de todo el ámbito cinematográfico en esta red social. El guionista de Sospechosos Habituales y responsable de la quinta y sexta entregas de Misión: Imposible — así como de las dos próximas y últimas, posiblemente — ha participado en The Moment, el podcast de Brian Koppelman, guionista de Rounders y The Girlfriend Experience, y creador de la serie Billions, para compartir todavía más experiencias en este programa.
Ultrarrecomendable en general, el podcast de Koppelman, con invitados que van más allá de la disciplina cinematográfica. El jugador de baloncesto JJ Reddick, los cantantes Liz Phair y Steve Earle o Marc Andreessen, cofundador de Netscape, entre ellos. Aquí, la web.
Me vuelven loco los canales de artesanía en YouTube. El del surcoreano Lee Yong Moo, conocido como Silver Meister, es uno de los mejores que he visto. Activad los subtitulos para más información.
Inside Alan Moore’s Head. El canal Arte se pasa 40 minutos con el señor de Northampton. Entre los temas: Anonymous, la MAGIA, el Brexit o la Era de la Información. La playlist entera, aquí.
PD: Una de sus últimas entrevistas, con el autor brasileño Raphael Sassaki, aquí. Ha trascendido en los últimos días por esta cita en concreto. Tema películas de superhéroes.
Como os podréis imaginar: parte sabiduría, parte hastalnabismo. Déjenle conjurar en paz. De todas formas, vuelvo a recordar algo que pensaba durante los meses de la carnicería Scorsese v Marvel: Dawn of Cinema.
Todas las generaciones necesitan a Darkman.
Muapo tú.
A Marilyn Manson le gusta mucho hacer versiones. Una selección de ellas, aquí, en Dangerous Minds. Una favorita particular:
Leído entre descanso y descanso de El Ruido y la Furia, para desengrasar. La trama, en breve: Gyre, una joven necesitada de dinero, se apunta a una exploración suicida en una profunda cueva extraterrestre, equipada con un extraordinario traje de buceo a alta presión que le permite sobrevivir durante meses — gracias, en parte, a una dolorosa operación previa para incorporarlo a su propio sistema digestivo –, y conectada con el mundo exterior únicamente a través de su misteriosa jefa de proyecto, Em. Suena a caso de estudio en el subgénero «SALE MAL», pero no es ni mucho menos tan terrorífica como apunta la portada. En realidad, es una historia bastante maja sobre el peso del pasado. Las trescientas y pico páginas se me han hecho un poco largas para lo que son dos personajes y ciertas amenazas naturales. pero mi aversión a los espacios cerrados combinada con la narración de su escritora, Caitlin Starling, ha hecho el resto. Aquí, su web oficial, con entrevistas y enlaces varios.
En diciembre de 2004, Werner Herzog propuso al guitarrista Richard Thompson, a la violonchelista Danielle DeGruttola, al bajista Damon Smith y al ex-Sonic Youth Jim O’Rourke, entre otros músicos, reunirse durante 48 horas en un estudio para improvisar la banda sonora de la que iba a ser una de las obras más aclamadas de su larguísima filmografía: el documental Grizzly Man, la crónica de la vida y muerte, un año antes, del activista Timothy Treadwell y de su pareja, Amie Huguenard, bajo las fauces de un oso gris en el parque natural de Katmai, en Alaska.
Dos días después, Herzog tenía su banda sonora y un segundo documental bajo el brazo sobre la relación que entabló con los músicos durante las sesiones de grabación cuyo título, In The Edges, se basa en un comentario que realiza Thompson en un momento dado sobre el proceso de la improvisación musical. «Es ahí, en las aristas, donde se encuentra la música».
Resulta fascinante de ver por la manera en la que Herzog y su montador, Joe Bini, dan la vuelta a un proceso consagrado por el tiempo: primero el montaje, después la música. En esta ocasión, Herzog explica al grupo que ante ellos se encuentra una obra en proceso de formación: una colección de imágenes y una idea todavía difusa sobre el tema del documental. Lo que espera del conjunto es que terminen de concretarla. Herzog les describe espacios, les describe ritmos, les presenta secuencias de combates entre osos que DeGruttola acompaña con su violonchelo al mismo tiempo que las observa por primera vez. Y lo hace sin dar la sensación en ningún momento de que está condicionando su manera de trabajar.
Herzog ha dicho en repetidas ocasiones que daría diez años de su vida a cambio de aprender a tocar el cello, una pasión por la música apreciable a lo largo de su carrera.. En Fata Morgana, en Fitzcarraldo o Stroszek.
In the Edges pasó a engrosar los extras de la edición doméstica y cabe la — lejana y complicada — posibilidad de verlo en la web estadounidense de Amazon Video. Sin embargo, en YouTube se encuentra, de momento, en su integridad.
Ni un momento de roce ni un episodio de tensión. En su lugar, rebosa buen rollo y detalles como la idea de O’Rourke de poner tornillos y clips entre las cuerdas de su piano para distorsionar el sonido.
El documental resume en poco menos de una hora la forma que Herzog tiene de entender el uso de la música en una película: como un instrumento para acompañar el espacio, tanto físico como mental, donde se desenvuelven sus personajes. «Primero les dejo cinco pasos para que entren en escena, y luego pongo la música», explicó durante un coloquio en el Getty Center, en 2013.
Si queréis saber más sobre el uso que este espléndido, espléndido director hace de la música, aquí lo explica él mismo, en un coloquio de casi de dos horas de duración celebrado en 2017 en la Academia Red Bull Music de Nueva York. Los responsables del vídeo tienen incluso el detalle de colocar en la descripción los enlaces a los clips que ven durante el evento, donde Herzog habla tanto de la música, como del silencio, como de su amor incondicional por Elvis, Fred Astaire y El Rey León.
Nada mal para un hombre al que casi echan de la escuela por negarse a cantar en el coro. La banda sonora de Grizzly Man, aquí.