Las líneas del tiempo

¿Queréis saber cómo sería Twitter en el siglo IV? Podría ser así. He aquí el Chronikoi kanones de Eusebio de Cesarea. Una de las primeras sucesiones gráficas de eventos históricos relacionados entre sí en forma de filas y columnas de tamaño variable dependiendo de la importancia de los mismos. Data desde el inicio de la era Abrahámica (unos 1.800 años antes de Cristo) hasta el año aproximado de su publicación 325 d.C.

Conoció una segunda parte, publicada en el año 380 por el Doctor de la Iglesia Eusebio Hierónimo, que recopiló y sincronizó los eventos entre ambos escritos. A través de esta estructura, basada en la obra pionera del viajero cristiano Sextus Julius Africanus, ambos consiguieron resolver uno de los problemas fundamentales de la cronología histórica: el de la asociación de eventos.

Es el principio de lo que Wikipedia llama panorámica sincronóptica. Cronografía aquí, para abreviar.

via Richard A. Flower

Tras siglos de relativo silencio, y como otros tantos aspectos de la Edad Clásica, la cronología protagonizó un retorno por todo lo alto durante la Ilustración, de la mano del médico y editor Jacques Barbeu-Dubourg, a quien se le ocurrió la idea de exponer los datos en un formato horizontal, reservando ese eje para representar el paso del tiempo a través de diferentes filas de eventos, y distribuyendo el vertical en forma de columnas de anchura variable, dependiendo de la importancia de los mismos. Y así, en 1753, nació la Carte chronographique: un rollo de 6,5 metros que recopilaba 6.500 años de historia de la Humanidad.

Jacques Barbeu-Dubourg, Chronographie, ou Description des Tems…, tableau 34, Paris 1753

Unos años después, en 1769, el polímata británico Joseph Priestley continuaría con el formato de Barbeu-Dubourg y le añadiría color, en su Nuevo Mapa de la Historia.

Joseph Priestley’s A New Chart of History (1769)

En el siglo XIX, la cronografía fue elevada a la categoría de arte gracias a personas como la profesora y activista de los derechos de la Mujer, Emma Willard, responsable de obras como El Templo del Tiempo, una de las primeras visualizaciones históricas en tres dimensiones de las que se tiene constancia. Un título absolutamente literal, como podéis ver, donde el principio de la Historia se sitúa al final de la nave principal, avanzando conforme las líneas temporales se acercan a la fachada.

The Temple of Time (Emma Willard – 1846)

Willard no solo emplearía la arquitectura como referencia de sus obras. La naturaleza le sirvió de guía en esta historia del siglo XVIII en Estados Unidos, extraída de la biblioteca de mapas de David Rumsey — auténtica cueva de los tesoros para los fans de esta preciosa disciplina —

Willard’s Chronographer of American History – 1865

Aquí tenéis un perfil de Willard escrito por Susan Schulten para Public Domain Review. Aquí, uno de las primeras cronografías en web: Hyper History, de Andreas Nothiger.

Minding the Gap (Bing Liu, 2018)

Tres amigos. Tres formas de reaccionar a la violencia: evadirla, abrazarla, exorcizarla. Minding the Gap es una historia de abandono. “Sobre sus tablas”, escribe Tony Hawk, el skater más conocido del mundo, “Zack, Keire y Bing gozan de dignidad y poder. Sin ellas, están perdidos”. Y la vida hace que lo pierdan, y así lo refleja el desarollo del documental, a partir de su propio título: Cuidado con el hueco. Lo que comienza como una elegía a la disciplina del monopatín acaba transformado en el enfrentamiento a pie de sus tres protagonistas contra un pasado de abusos, un presente de pobreza y un futuro de incertidumbre.

Zack, Keire, Bing

El caso de Zack es particularmente descorazonador. Se convierte en un agresor. En su cabeza ha encontrado la excusa para golpear a su pareja: despersonalizándola por debajo de su propio ego. “Hay una diferencia entre pegar a una mujer y abofetear a una zorra“. De los tres amigos, es el patinador más inconsciente. Keire aparece cayendo una y otra vez de morros, buscando una excusa para reventar su tabla a patadas. Acaba marchándose porque intuye que lo siguiente que romperá no será una tabla. Lo entiende delante de la tumba de su padre. Pero Bing, que además es el director de este documental, eleva su patinaje a una expresión artística, más allá de una vía de escape: como un filtro para asimilar la realidad. Es él quien decide, detrás de una cámara en lugar de sobre un patinete, depurar una vida de agresiones. Todos son reflejo de sus capacidades.

Sucede en Rockford, Illinois, una ciudad sobre la que el documental gasta pocas palabras. La World Wide Socialist Website nos deja aquí un amplio perfil sobre la localidad, modelo de la destrucción del cinturón económico norteamericano — el índice de pobreza se sitúa en el 22,6% –. Es un entorno incapaz de monetizar una pasión.

A diferencia de otros documentales sociales norteamericanos, Minding the Gap nunca aborda la panorámica general y en su lugar elige profundizar en las experiencias individuales de cada personaje. Tanto mejor, en este caso. Para sí mismo, por venir de quien viene — de una víctima transformada en combatiente — y para el género al engrosar sus filas más intimistas, un poco desastradas en beneficio de obras con ambiciones más generalizadas.

(Salon entrevista a su director con la mirada puesta precisamente en esta perspectiva urbana que falta en el documental, para completar)

Enlaces

Arte: Robin Galante

Desde hace unos días estoy escuchando Nocturne (Twitter, Web), un podcast producido por Vanessa Lowe. Se define como “un híbrido de documental y ficción en forma de ensayos” que giran en torno a un tema principal: lo que ocurre durante la noche. Lo mismo te habla de grillos, que de velas, que de incursiones del KKK. Todo lo que te cuenta, sucede durante la puesta de sol. Su tono es difuso, casi fantasmagórico, gracias muy en parte a los espacios sonoros que crea el compositor Kent Sparling (técnico de sonido en los estudios Skywalker de Lucasfilm). Perfectamente apropiado para esas horas.

Os dejo con un episodio: Shortboard, la historia del surfista Matthew Bryce, a la deriva durante 31 horas tras un accidente en las costas de Escocia. (Descarga, aquí – .mp3, 42′)


Tomorrow’s On Fire, un breve cortometraje animado de Darcy Prendergast, animador de Mary & Max, sobre la crítica situación en Australia debido a la ola de incendios — casi una treintena de muertos, diez millones de hectáreas quemadas, mil millones de animales salvajes calcinados: el humo se ve desde el espacio y acabará dando una vuelta completa a la Tierra –.

PD: La colección de fotos de In Focus. Apocalíptica.

REUTERS/Tracey Nearmy

El código de VVVVVV está abierto. Uno de los clásicos indies de los últimos diez años. (Humble, GOG, Steam – aproximadamente unos 5€)


Estaba claro que tarde o temprano iban a emerger discípulos del gran cineasta canadiense Guy Maddin*. Uno de ellos es otro hijo de Winnipeg, Matthew Rankin. Aquí os dejo un cortometraje experimental sobre el inventor Nikola Tesla: The Tesla World Light

… para cuyos efectos de luz Rankin, animador de profesión, acabó empleando más de 15.000 bengalas.

PD: Rankin ha estrenado largometraje hace poco: The Twentieth Century.

PD2: ¿Guy Maddin? The Saddest Music in the World. Tiene muchas. Pero yo empezaría por ésta.


¿Rock japonés de los años 70? Rock japonés de los años 70. Él es Yosui Inoue. El disco se llama Kōri no Sekai, el primer album que vendió más de un millón de copias en Japón.

Méliès, recuperado

La Visual Effects Society ha anunciado este pasado martes el proyecto The Méliès Collection: la reconstrucción y restauración de 88 cortometrajes del pionero cinematográfico Georges Méliès, que se presentarán en otoño de este año 2020 en la apertura del museo del cineasta en la Cinémathèque Française.

Me he puesto a mirar y no he encontrado ninguna restauración de semejante envergadura sobre las obras de Méliès. El comunicado de prensa remite como origen de estos cortometrajes “el hallazgo de 58 latas de negativos originales que comprenden estos 88 cortos, ninguno de ellos restaurado, ninguno de ellos exhibido previamente en salas”. Esto me parece una barbaridad, sinceramente, que debería haber encabezado el comunicado, o al menos aparecer en el primer párrafo.

Y os explico por qué. Sucede con Méliès que gran parte de sus obras originales fueron destruidas en torno a 1923 por el propio cineasta francés cuando, sumido en plena depresión, decidió cavar un hoyo en su jardín y prender fuego a 520 negativos de películas que rodó entre 1896 y 1912. Méliès estaba en la ruina por una infinidad de motivos: la falta de circulación internacional (en parte por la apropiación que Thomas Edison hizo de su obra más insigne, Viaje a la Luna), la incautación oficial de nitrato de plata, elemento imprescindible del celuloide, para su uso en la I Guerra Mundial o la competencia de nuevas películas. Aunque su hermano Gaston vendió algunas copias supervivientes a la compañía Vitagraph, de Blackton y Smith, competidores de Edison, se cree, a ojo de buen cubero por la masiva filmografía de este hombre, que solo existen 231 películas de las 520 mencionadas.

De estas 231 películas, aproximadamente 190 se encuentran recopiladas en el megapack que Lobster Films presentó en 2008 titulado Georges Méliès: The First Wizard of Cinema (1896-1913) y su añadido Georges Méliès: Encore – New Discoveries (1896-1911); un total de seis DVD con 800 minutos de contenido. A día de hoy son la recopilación definitiva para los fans de Méliès. Nada de este material está restaurado: que se sepa, entre los tres grandes esfuerzos de los que se tiene constancia en este sentido están la versión remasterizada del Viaje a la Luna que coincidió con La Invención de Hugo (la película-homenaje de Martin Scorsese) y la antología Méliès: Fairy Tales in Color, que comprende solo 13 obras.

Lo presentado el miércoles comprende ocho veces más material sin que en ningún momento especifique las circunstancias de su hallazgo. Este aspecto, sin embargo, es un poco secundario: estos negativos podrían haber sobrevivido perfectamente en los archivos de la Cinémathèque Française, inmersa desde 1992 en un extraordinario proceso de recatalogación de todo su material — proceso que no terminará hasta 2029, aproximadamente –, por no mencionar el goteo de “películas perdidas” de Méliès que son noticia de cuando en cuando: dos de sus películas fueron encontradas en los archivos Brinton de Iowa y su Robinson Crusoe, fue descubierto en la propia Cinémathèque, para convertirse la tercera gran restauración de una obra de Meliés, presentada en 2012 en el Festival de Cine Mudo de Pordenone, en el norte de Italia.

via Animation Magazine

Los Museos de París publican 100.000 obras de arte en alta resolución

Claude Monet (1840-1926). “Soleil couchant à Lavacourt (détail)”. 1880. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris, Petit Palais.

La sociedad de Museos de París han puesto a disposición del público unas 100.000 reproducciones digitales de las obras contenidas en 14 museos de la capital francesa, entre ellos el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, el Petit Palais o las Catacumbas, en alta resolución y sin restricciones.

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). Vieillard à grande barbe et au front ridé, 1631. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris.
Alphonse Mucha (1860-1939). Motif floral pour la boutique Fouquet
Pierre Bonnard (1867-1947). “Ambroise Vollard avec son chat”, vers 1924. Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris.

El proceso es bastante sencillo:

1 – Entráis en su portal de colecciones.

2 – Marcáis “Image libre de droit seulement.

3 – Una vez elegida la obra, pinchad en “Descargar” para recibir un .zip con la imagen, un .pdf con los detalles sobre su uso — la Sociedad garantiza imágenes de 300 DPI — y un documento de texto con los detalles de la obra.

Pintura, numismática, diseño, fotografía, etcétera. Obras de Rembrandt, Gustave Courbet, Eugène Delacroix o Anthony van Dyck, o fotografías de Eugène Atget.

Rue du Cimetière Saint-Benoît. Paris, 1909. Photographie d’Eugène Atget (1857-1927). Paris, musée Carnavalet.

via Hyperallergic

Un pulso de sonido

A Short Pulse es un cortometraje documental (subtítulos en inglés) de Dorothy Allen-Pickard que explica la experiencia de una persona sorda — parcial, como la directora, o completa — sobre la musica electrónica. Tres protagonistas: los productores musicales Richard France y Helen Oakley, y el DJ Troi Lee, todos ellos con distintos grados de la misma discapacidad, relatan la forma en la que sus cuerpos reciben los ritmos musicales y las creaciones que a partir de ella han acabado desarrollando.

¿Deseáis saber más? NPR entrevista al DJ Nico DiMarco, “orgulloso sordo de cuarta generación”, en una pieza que también aborda el desarrollo musical entre los estudiantes de la universidad para sordos de Gallaudet, en Washington D.C., donde Nico se formó.

You didn’t see that before, but the output levels are such that they can hear it,” said Larry Medwetsky, the chair of Gallaudet’s Hearing, Speech & Language Science department. “I don’t know if they’re hearing it, or feeling it in their ears, but they’re enjoying music.”

Aquí tenéis el artículo completo y, debajo, el vídeo correspondiente.

PD: Así suena un tema creado por una productora musical sorda. First Time, de Helen Oakley

Una astrofísica y La noche estrellada de Van Gogh

El Museo de Arte Moderno de Nueva York lleva unas semanas colgando una serie de vídeos llamada The Way I See It (Tal y como lo veo). En ella, científicos, profesores y artistas examinan junto a los conservadores del museo algunas de las obras de arte desde su perspectiva profesional. Uno de estos ejemplos es el que tenéis arriba: la astrofísica Janna Levin aprecia La noche estrellada, de Vincent Van Gogh, y se ve inmediatamente atraída por el desplazamiento de las estrellas en el cuadro.

Hay más: el músico de jazz Jason Moran convierte Broadway Boogie Woogie , de Piet Mondrian, en una partitura, tocando al piano las “piezas más grandes” con la mano derecha, las “más pequeñas” con la mano izquierda.

Steve Martin — cliente acérrimo de las galerías de arte de Los Ángeles, por cierto, y de gusto exquisito según sus responsables –, nos enseña cómo mirar arte abstracto. Él mismo nos presenta los cuadros elegidos: Synchromy, de Stanton Macdonald-Wright y Color Form Synchromy, de Morgan Russell.

Y si os quedáis con ganas de más, tenéis las versiones extendidas de esta serie en una colección de podcast de la BBC, en 31 episodios, con nombres como John Waters, Stanley Tucci o Margaret Cho. Aquí, la web. Si preferís un formato más cómodo, también están recopilados en Listen Notes. Las obras que se referencian, aquí.

via Open Culture

Paterson (Jim Jarmusch, 2016)

Lo peor que pude hacerle a Paterson fue verla como lo hice por vez primera: de día. No es que tenga una enfermedad que me bloquee el cerebro mañana y tarde, pero de noche, y en especial a la entrada de la madrugada, me siento más desajustado, mis filtros saltan por los aires, y mi tolerancia se dispara. No se trata solo de una reacción fisiológica: es parte de mi experiencia juvenil como espectador durante las madrugadas de Cine Club en La 2, cuando veía estupefacto todo tipo de películas sin la imperiosa necesidad de comprenderlas ni valorarlas, y me limitaba en su lugar a asumirlas tal y como venían desde mi estado de cansancio y duermevela, ni aquí ni allí.

El caso es que, dentro de la programación de Cine Club, había películas que me parecían especialmente sintonizadas con este doble estado físico y mental, y creo que Paterson podría haber sido una de ellas, porque la vi por segunda vez hace unos días a las tres de la mañana, y lo que en un primer momento no me pareció nada especialmente considerable, bueno, la palabra es “florecer”. Es moñas. Pero eso fue lo que sucedió. Paterson es una película que habla de la belleza en lo mundano y rutinario — hasta el punto de que deja de ser “mundano y rutinario”, y no es un mensaje que pueda digerir después de tres cafés de sobremesa.

El germen de Paterson es el poema del mismo nombre escrito por el autor William Carlos Williams, y publicado entre 1946 y 1958. Nada más empezar, nos habla de un hombre y la ciudad, situada en el estado de Nueva Jersey, “una ciudad de río”, comenta el autor, que da nombre al hombre, al poema y la película. Y nos habla con estrellas en los ojos: “…cerca del trueno de las aguas que llenan sus sueños”.

Paterson lies in the valley under the Passaic Falls
its spent waters forming the outline of his back. He
lies on his right side, head near the thunder
of the waters filling his dreams!”

Paterson – William Carlos Williams

Al contrario que el poema, la película no comunica inmediatamente esta pasión. De hecho, dedica los minutos previos a introducirnos en una rutina semanal de nuestro protagonista como compañero sentimental y como empleado en la línea de autobuses urbanos de su ciudad antes de llevarnos junto a él a los pies del parque nacional de Great Falls, un esfuerzo de conservación de las autoridades federales estadounidenses para aliviar la carga medioambiental de la ciudad, fundada en 1792 como la primera de naturaleza puramente industrial, fábricas de seda en este caso, de Estados Unidos.

Una panorámica de Paterson en torno a 1880 – Autor desconocido.

Es allí donde Paterson desata, como poeta en ciernes, su fervor creativo sobre una sencilla caja de cerillas a la que inyecta vida resaltando primero sus cualidades intrínsecas antes de relacionarla con la mujer que ama — artista, como él; más que una musa, una aliada en la creación –, expresado en forma de tres, hasta cuatro planos superpuestos, como si las ideas rebosaran el fotograma. Y así descubrimos que en lugar de usar la poesía como herramienta de escape, la utiliza para embellecer la síntesis de las experiencias que ha recabado desde que se despertó, sin ánimo de revancha. En su lugar, es un arte que emerge de la admiración por las pequeñas y grandes cosas así que, en su mundo, el hastío no tiene cabida.

Durante una entrevista posterior con su director, Jim Jarmusch, el periodista de North Jersey.com, Jim Beckerman, expresó cierta sorpresa sobre el espíritu esta película, “el regalo más sentido que esta polvorienta ciudad va a recibir jamás”. El realizador, no obstante, le respondió con una visión idealizada de la ciudad que visitó durante los años 90, vio nacer a Allen Ginsberg y conmovió a Williams como para dedicarle un poema de cinco volúmenes a sus cataratas y a sus edificios enladrillados, hasta convertir a nuestro protagonista en un reflejo del autor de Paterson, desde su aproximación a la poesía como una afición paralela a su trabajo — era jefe de Pediatría del Hospital General St. Mary — hasta su percepción de la realidad como fuente fundamental de inspiración: “No hay ideas mas que en las cosas“; una línea del poema que se convertiría en lema del Imagismo, una corriente estética dentro de la literatura estadounidense caracterizada por la precisión, la economía del lenguaje y el detalle en los objetos.

Esta corriente se traduce en la película en forma de innumerables atractivos que despiertan la curiosidad del protagonista, siempre saturado de la información que recibe de los espacios comunitarios en los que se desenvuelve, solo o en pareja, en su casa, en un autobús, en un bar, en una ciudad con historia. A lo largo de la película, los pasajeros de su autobús o el camarero que le sirve su cerveza diaria explican a Paterson las vidas de residentes más o menos ilustres de la ciudad, como el anarquista italoamericano Gaetano Bresci, asesino del rey de Italia Umberto II; el cómico Lou Costello o el boxeador Robin ‘Huracán’ Carter. Y, cuando llega a casa, se encuentra siempre con una sorpresa, una transformación — un plato nuevo, una nueva canción, una pintura –, una nueva expresión de belleza, cortesía de su esposa Laura, iraní-estadounidense (representación de la elevada densidad de población musulmana en la ciudad, la segunda del país).

Es una vida sencilla pero completa, cómodamente acurrucada entre la conciencia del pasado y una promesa de futuro. Contenta con ello, Paterson es una apreciación sin más expectativa que prolongar un día más la vida plena, material e intelectual, que su director nos enseña. Sin los filtros de la urgencia, tranquilo, en mi casa y sin un ruido en la calle, lo que de día percibí como un ritmo contemplativo se convierte de madrugada en un espectáculo de observación. Los breves encuentros, en una rica transmisión de ideas, los conflictos en anécdotas. El paisaje, en una lección de historia. Y la voz de nuestro protagonista, en una reivindicación de los placeres de la monotonía.

Unos enlaces para terminar:

Algunos de los poemas de Paterson vienen del puño y letra del autor estadounidense Ron Padgett. Jaume Muñoz le dedica unas líneas de contexto en Culturaca.

Las localizaciones de la película, aquí. Y, aquí, la página del film en la web de su diseñador de producción, Mark Friedberg (Joker).

La biblioteca de nuestro protagonista, según la iMDb.

Some of the books visible in Paterson’s basement are “Walden” by Henry David Thoreau, “Lunch Poems” by Frank O’Hara, “Paterson” and “The Collected Earlier Poems” by William Carlos Williams, “The Fall” by Albert Camus, “The Walk” by Robert Walser, “Double Indemnity” by James M. Cain, “Bambi” by Felix Salten, “Alone and Not Alone” and “Great Balls of Fire” by Ron Padgett, “The Collected Poems” by Wallace Stevens, “On the Great Atlantic Rainway: Selected Poems 1950-1988” by Kenneth Koch, “The Call of the Wild/White Fang” by Jack London, “Collected Poems, 1956-1987” by John Ashbery, “The Soul of an Octopus: A Surprising Exploration into the Wonder of Consciousness” by Sy Montgomery, “In the Palm of Your Hand: A Poet’s Portable Workshop” by Steve Kowit, “Selected Prose and Poetry” by Edgar Allan Poe, “Save the Last Dance for Satan” by Nick Tosches, “The New York Trilogy” by Paul Auster, “I Fought the Law: The Life and Strange Death of Bobby Fuller” by Miriam Linna & Randell Fuller, “Kill All Your Darlings: Pieces 1990-2005” by Luc Sante, “Gone Man Squared” by Royston Ellis, “This Planet is Doomed: The Science Fiction Poetry of Sun Ra” and “Prophetika Book One” by Sun Ra, “The Baltimore Atrocities” by John Dermot Woods, “Sweets and Other Stories” by Andre Williams, “Benzedrine Highway” by Charles Plymell, “I Remember” and “The Nancy Book” by Joe Brainard, “Monk” by Laurent de Wilde, “Lawrence in Arabia: War, Deceit, Imperial Folly, and the Making of the Modern Middle East” by Scott Anderson, “Consider the Lobster and Other Essays” and “Infinite Jest” by David Foster Wallace, “The Flowers of Evil” by Charles Baudelaire, “Up Above the World” by Paul Bowles, and “Amerika” by Franz Kafka.